CAPITULO PRIMERO
La ignorancia es la fuerza
Durante todo el tiempo de que se tiene noticia —probablemente desde fines
del periodo neolítico— ha habido en el mundo tres clases de personas: los Altos,
los Medianos y los Bajos. Se han subdividido de muchos modos, han llevado muy
diversos nombres y su número relativo, así como la actitud que han guardado
unos hacia otros, ha variado de época en época; pero la estructura esencial de la
sociedad nunca ha cambiado. Incluso después de enormes conmociones y de
cambios que parecían irrevocables, la misma estructura ha vuelto a imponerse,
igual que un giroscopio vuelve siempre a la posición de equilibrio por mucho que
lo empujemos en un sentido o en otro.
Los objetivos de estos tres grupos son por completo inconciliables.
Los Altos quieren quedarse donde están. Los Medianos tratan de arrebatarles sus puestos a los Altos. La finalidad de los Bajos, cuando la tienen —porque su principal característica es hallarse aplastados por las exigencias de la vida cotidiana—, consiste en abolir todas las distinciones y crear una sociedad en que todos los hombres sean iguales. Así, vuelve a presentarse continuamente la misma lucha social. Durante largos
períodos, parece que los Altos se encuentran muy seguros en su poder, pero
siempre llega un momento en que pierden la confianza en sí mismos o se debilita
su capacidad para gobernar, o ambas cosas a la vez. Entonces son derrotados por
los Medianos, que llevan junto a ellos a los Bajos porque les han asegurado que
ellos representan la libertad y la justicia. En cuanto logran sus objetivos, los
Medianos abandonan a los Bajos y los relegan a su antigua posición de
servidumbre, convirtiéndose ellos en los Altos. Entonces, un grupo de los
Medianos se separa de los demás y empiezan a luchar entre ellos. De los tres
grupos, solamente los Bajos no logran sus objetivos ni siquiera transitoriamente.
Sería exagerado afirmar que en toda la Historia no ha habido progreso material.
Aun hoy, en un período de decadencia, el ser humano se encuentra mejor que hace
unos cuantos siglos. Pero ninguna reforma ni revolución alguna han conseguido
acercarse ni un milímetro a la igualdad humana. Desde el punto de vista de los
Bajos, ningún cambio histórico ha significado mucho más que un cambio en el
nombre de sus amos.
A fines del siglo XIX eran muchos los que habían visto claro este juego. De ahí
que surgieran escuelas del pensamiento que interpretaban la Historia como un
proceso cíclico y aseguraban que la desigualdad era la ley inalterable de la vida
humana. Desde luego, esta doctrina ha tenido siempre sus partidarios, pero se
había introducido un cambio significativo. En el pasado, la necesidad de una forma
jerárquica de la sociedad había sido la doctrina privativa de los Altos. Fue
defendida por reyes, aristócratas, jurisconsultos, etc. Los Medianos, mientras
luchaban por el poder, utilizaban términos como «libertad», «justicia» y
«fraternidad». Sin embargo, el concepto de la fraternidad humana empezó a ser
atacado por individuos que todavía no estaban en el Poder, pero que esperaban
estarlo pronto. En el pasado, los Medianos hicieron revoluciones bajo la bandera de
la igualdad, pero se limitaron a imponer una nueva tiranía apenas desaparecida la
anterior. En cambio, los nuevos grupos de Medianos proclamaron de antemano su
tiranía. El socialismo, teoría que apareció a principios del siglo XIX y que fue el
último eslabón de una cadena que se extendía hasta las rebeliones de esclavos en la
Antigüedad, seguía profundamente infestado por las viejas utopías. Pero a cada
variante de socialismo aparecida a partir de 1900 se abandonaba más abiertamente
la pretensión de establecer la libertad y la igualdad. Los nuevos movimientos que
surgieron a mediados del siglo, Ingsoc en Oceanía, neobolchevismo en Eurasia y
adoración de la muerte en Asia oriental, tenían como finalidad consciente la
perpetuación de la falta de libertad y de la desigualdad social. Estos nuevos
movimientos, claro está, nacieron de los antiguos y tendieron a conservar sus
nombres y aparentaron respetar sus ideologías. Pero el propósito de todos ellos era
sólo detener el progreso e inmovilizar a la Historia en un momento dado. El
movimiento de péndulo iba a ocurrir una vez más y luego a detenerse. Como de
costumbre, los Altos serían desplazados por los Medianos, que entonces se
convertirían a su vez en Altos, pero esta vez, por una estrategia consciente, estos
últimos Altos conservarían su posición permanentemente.
Las nuevas doctrinas surgieron en parte a causa de la acumulación de
conocimientos históricos y del aumento del sentido histórico, que apenas había
existido antes del siglo XIX. Se entendía ya el movimiento cíclico de la Historia, o
parecía entenderse; y al ser comprendido podía ser también alterado. Pero la causa
principal y subyacente era que ya a principios del siglo XX era técnicamente
posible la igualdad humana. Seguía siendo cierto que los hombres no eran iguales
en sus facultades innatas y que las funciones habían de especializarse de modo que
favorecían inevitablemente a unos individuos sobre otros; pero ya no eran precisas
las diferencias de clase ni las grandes diferencias de riqueza. Antiguamente, las
diferencias de clase no sólo habían sido inevitables, sino deseables. La desigualdad
era el precio de la civilización. Sin embargo, el desarrollo del maquinismo iba a
cambiar esto. Aunque fuera aún necesario que los seres humanos realizaran
diferentes clases de trabajo, ya no era preciso que vivieran en diferentes niveles
sociales o económicos. Por tanto, desde el punto de vista de los nuevos grupos que
estaban a punto de apoderarse del mando, no era ya la igualdad humana un ideal
por el que convenía luchar, sino un peligro que había de ser evitado. En épocas
más antiguas, cuando una sociedad justa y pacífica no era posible, resultaba muv
fácil creer en ella. La idea de un paraíso terrenal en el que los hombres vivirían
como hermanos, sin leyes y sin trabajo agotador, estuvo obsesionando a muchas
imaginaciones durante miles de años. Y esta visión tuvo una cierta importancia
incluso entre los grupos que de hecho se aprovecharon de cada cambio histórico.
Los herederos de la Revolución francesa, inglesa y americana habían creído
parcialmente en sus frases sobre los derechos humanos, libertad de expresión,
igualdad ante la ley y demás, e incluso se dejaron influir en su conducta por
algunas de ellas hasta cierto punto. Pero hacia la década cuarta del siglo XX todas
las corrientes de pensamiento político eran autoritarias. Pero ese paraíso terrenal
quedó desacreditado precisamente cuando podía haber sido realizado, y en el
segundo cuarto del siglo XX volvieron a ponerse en práctica procedimientos que
ya no se usaban desde hacía siglos: encarcelamiento sin proceso, empleo de los
prisioneros de guerra como esclavos, ejecuciones públicas, tortura para extraer
confesiones, uso de rehenes y deportación de poblaciones en masa. Todo esto se
hizo habitual y fue defendido por individuos considerados como inteligentes y
avanzados. Los nuevos sistemas políticos se basaban en la jerarquía v la
regimentación.
Después de una década de guerras nacionales, guerras civiles, revoluciones v
contrarrevoluciones en todas partes del mundo, surgieron el Ingsoc v sus rivales
como teorías políticas inconmovibles. Pero ya las habían anunciado los varios
sistemas, generalmente llamados totalitarios, que aparecieron durante el segundo
cuarto de siglo y se veía claramente el perfil que había de tener el mundo futuro.
La nueva aristocracia estaba formada en su mayoría por burócratas, hombres de
ciencia, técnicos, organizadores sindicales, especialistas en propaganda, sociólogos,
educadores, Periodistas y políticos profesionales. Esta gente, cuyo origen estaba en
la clase media asalariada y en la capa superior de la clase obrera, había sido
formada y agrupada por el mundo inhóspito de la industria monopolizada y el
gobierno centralizado. Comparados con los miembros de las clases dirigentes en el
pasado, esos hombres eran menos avariciosos, les tentaba menos el lujo y más el
placer de mandar, y, sobre todo, tenían más consciencia de lo que estaban haciendo
y se dedicaban con mayor intensidad a aplastar a la oposición. Esta última
diferencia era esencial. Comparadas con la que hoy existe, todas las tiranías del
pasado fueron débiles e ineficaces. Los grupos gobernantes se hallaban
contagiados siempre en cierta medida por las ideas liberales y no les importaba
dejar cabos sueltos por todas partes. Sólo se preocupaban por los actos realizados y
no se interesaban por lo que los súbditos pudieran pensar. En parte, esto se debe a
que en el pasado ningún Estado tenía el poder necesario para someter a todos sus
ciudadanos a una vigilancia constante. Sin embargo, el invento de la imprenta
facilitó mucho el manejo de la opinión pública, y el cine y la radio contribuyeron
en gran escala a acentuar este proceso. Con el desarrollo de la televisión y el
adelanto técnico que hizo posible recibir y transmitir simultáneamente en el mismo
aparato, terminó la vida privada. Todos los ciudadanos, o por lo menos todos
aquellos ciudadanos que poseían la suficiente importancia para que mereciese la
pena vigilarlos, podían ser tenidos durante las veinticuatro horas del día bajo la
constante observación de la policía y rodeados sin cesar por la propaganda oficial,
mientras que se les cortaba toda comunicación con el mundo exterior.
Por primera vez en la Historia existía la posibilidad de forzar a los
gobernados, no sólo a una completa obediencia a la voluntad del Estado, sino a la
completa uniformidad de opinión.
Después del período revolucionario entre los años cincuenta y tantos y
setenta, la sociedad volvió a agruparse como siempre, en Altos, Medios y Bajos.
Pero el nuevo grupo de Altos, a diferencia de sus predecesores, no actuaba ya por
instinto, sino que sabía lo que necesitaba hacer para salvaguardar su posición. Los
privilegiados se habían dado cuenta desde hacía bastante tiempo de que la base
más segura para la oligarquía es el colectivismo. La riqueza y los privilegios se
defienden más fácilmente cuando se poseen conjuntamente. La llamada «abolición
de la propiedad privada», que ocurrió a mediados de este siglo, quería decir que la
propiedad iba a concentrarse en un número mucho menor de manos que
anteriormente, pero con esta diferencia: que los nuevos dueños constituirían un
grupo en vez de una masa de individuos. Individualmente, ningún miembro del
Partido posee nada, excepto insignificantes objetos de uso personal.
Colectivamente, el Partido es el dueño de todo lo que hay en Oceanía, porque lo
controla todo y dispone de los productos como mejor se le antoja. En los años que
siguieron, la Revolución pudo ese grupo tomar el mando sin encontrar apenas
oposición porque todo el proceso fue presentado como un acto de colectivización.
Siempre se había dado por cierto que si la clase capitalista era expropiada, el
socialismo se impondría, y era un hecho que los capitalistas habían sido
expropiados. Las fábricas, las minas, las tierras, las casas, los medios de transporte,
todo se les había quitado, y como todo ello dejaba de ser propiedad privada, era
evidente que pasaba a ser propiedad pública. El Ingsoc, procedente del antiguo
socialismo y que había heredado su fraseología, realizó, los principios
fundamentales de ese socialismo, con el resultado previsto y deseado, de que la
desigualdad económica se hizo permanente.
Pero los problemas que plantea la perpetuación de una sociedad jerarquizada
son mucho más complicados. Sólo hay cuatro medios de que un grupo dirigente
sea derribado del Poder. O es vencido desde fuera, o gobierna tan ineficazmente
que las masas se le rebelan, o permite la formación de un grupo medio que lo
pueda desplazar, o pierde la confianza en sí mismo y la voluntad de mando. Estas
causas no operan sueltas, y por lo general se presentan las cuatro combinadas en
cierta medida. El factor que decide en última instancia es la actitud mental de la
propia clase gobernante.
Después de mediados del siglo XX, el primer peligro había desaparecido. No
había posibilidad de una derrota infligida por una Potencia enemiga. Cada uno de
los tres superestados en que ahora se divide el mundo es inconquistable, y sólo
podría llegar a ser conquistado por lentos cambios demográficos, que un Gobierno
con amplios poderes puede evitar muy fácilmente. El segundo peligro es sólo
teórico. Las masas nunca se levantan por su propio impulso y nunca lo harán por
la sola razón de que están oprimidas. Las crisis económicas del pasado fueron
absolutamente innecesarias y ahora no se tolera que ocurran, pero de todos modos
ninguna razón de descontento podrá tener ahora resultados políticos, ya que no
hay modo de que el descontento se articule. En cuanto al problema de la
superproducción, que ha estado latente en nuestra socielad desde el desarrollo del
maquinismo, queda resuelto por el recurso de la guerra continua (véase el capítulo
III), que es también necesaria para mantener la moral pública a un elevado nivel.
Por tanto, desde el punto de vista de nuestros actuales gobernantes, los únicos
peligros auténticos son la aparición de un nuevo grupo de personas muy
capacitadas y ávidas de poder o el crecimiento del espíritu liberal y del
escepticismo en las propias filas gubernamentales. O sea, todo se reduce a un
problema de educación, a moldear continuamente la mentalidad del grupo
dirigente y del que se halla inmediatamente debajo de él. En cambio, la consciencia
de las masas sólo ha de ser influida de un modo negativo.
Con este fondo se puede deducir la estructura general de la sociedad de
Oceanía. En el vértice de la pirámide está el Gran Hermano. Éste es infalible v
todopoderoso. Todo triunfo, todo descubrimiento científico, toda sabiduría, toda
felicidad, toda virtud, se considera que procede directamente de su inspiración y
de su poder. Nadie ha visto nunca al Gran Hermano. Es una cara en los carteles,
una voz en la telepantalla. Podemos estar seguros de que nunca morirá y no hay
manera de saber cuándo nació. El Gran Hermano es la concreción con que el
Partido se presenta al mundo. Su función es actuar como punto de mira para todo
amor, miedo o respeto, emociones que se sienten con mucha mayor facilidad hacia
un individuo que hacia una organización. Detrás del Gran Hermano se halla el
Partido Interior, del cual sólo forman parte seis millones de personas, o sea, menos
del seis por ciento de la población de Oceanía. Después del Partido Interior,
tenernos el Partido Exterior; y si el primero puede ser descrito como «el cerebro del
Estado», el segundo pudiera ser comparado a las manos. Más abajo se encuentra la
masa amorfa de los proles, que constituyen quizá el 85 por ciento de la población.
En los términos de nuestra anterior clasificación, los proles son los Bajos. Y las
masas de esclavos procedentes de las tierras ecuatoriales, que pasan
constantemente de vencedor a vencedor (no olvidemos que «vencedor» sólo debe
ser tomado de un modo relativo) y no forman parte de la población propiamente
dicha.
En principio, la pertenencia a estos tres grupos no es hereditaria. No se
considera que un niño nazca dentro del Partido Interior porque sus padres
pertenezcan a él. La entrada en cada una de las ramas del Partido se realiza
mediante examen a la edad de dieciséis años. Tampoco hay prejuicios raciales ni
dominio de una provincia sobre otra. En los más elevados puestos del Partido
encontramos judíos, negros, sudamericanos de pura sangre india, y los dirigentes
de cualquier —zona proceden siempre de los habitantes de ese área. En ninguna
parte de Oceanía tienen sus habitantes la sensación de ser una población colonial
regida desde una capital remota. Oceanía no tiene capital y su jefe titular es una
persona cuya residencia nadie conoce. No está centralizada en modo alguno,
aparte de que el inglés es su principal lingua franca y que la neolengua es su idioma
oficial. Sus gobernantes no se hallan ligados por lazos de sangre, sino por la
adherencia a una doctrina común. Es verdad que nuestra sociedad se compone de
estratos —una división muy rígida en estratos— ateniéndose a lo que a primera
vista parecen normas hereditarias. Hay mucho menos intercambio entre los
diferentes grupos de lo que había en la época capitalista o en las épocas
preindustriales. Entre las dos ramas del Partido se verifica algún intercambio, pero
solamente lo necesario para que los débiles sean excluidos del Partido Interior y
que los miembros ambiciosos del Partido Exterior pasen a ser inofensivos al subir
de categoría. En la práctica, los proletarios no pueden entrar en el Partido. Los más
dotados de ellos, que podían quizá constituir un núcleo de descontentos, son
fichados por la Policía del Pensamiento y eliminados. Pero semejante estado de
cosas no es permanente ni de ello se hace cuestión de principio. El Partido no es
una clase en el antiguo sentido de la palabra. No se propone transmitir el poder a
sus hijos como tales descendientes directos, y si no hubiera otra manera de
mantener en los puestos de mando a los individuos más capaces, estaría dispuesto
el Partido a reclutar una generación completamente nueva de entre las filas del
proletariado. En los años cruciales, el hecho de que el Partido no fuera un cuerpo
hereditario contribuyó muchísimo a neutralizar la oposición. El socialista de la
vieja escuela, acostumbrado a luchar contra algo que se llamaba «privilegios de
clase», daba por cierto que todo lo que no es hereditario no puede ser permanente.
No comprendía que la continuidad de una oligarquía no necesita ser física ni se
paraba a pensar que las aristocracias hereditarias han sido siempre de corta vida,
mientras que organizaciones basadas en la adopción han durado centenares y
miles de años. Lo esencial de la regla oligárquica no es la herencia de padre a hijo,
sino la persistencia de una cierta manera de ver el mundo y de un cierto modo de
vida impuesto por los muertos a los vivos. Un grupo dirigente es tal grupo
dirigente en tanto pueda nombrarla sus sucesores. El Partido no se preocupa de
perpetuar su sangre, sino de perpetuarse a sí mismo. No importa quién detenta el
Todas las creencias, costumbres, aficiones, emociones y actitudes mentales
que caracterizan a nuestro tiempo sirven para sostener la mística del Partido y
evitar que la naturaleza de la sociedad actual sea percibido por la masa. La
rebelión física o cualquier movimiento preliminar hacia la rebelión no es posible en
nuestros días. Nada hay que temer de los proletarios. Dejados aparte, continuarán,
de generación en generación y de siglo en siglo, trabajando, procreando y
muriendo, no sólo sin sentir impulsos de rebelarse, sino sin la facultad de
comprender que el mundo podría ser diferente de lo que es. Sólo podrían
convertirse en peligrosos si el progreso de la técnica industrial hiciera necesario
educarles mejor; pero como la rivalidad militar y comercial ha perdido toda
importancia, el nivel de la educación popular declina continuamente. Las
opiniones que tenga o no tenga la masa se consideran con absoluta indiferencia. A
los proletarios se les puede conceder la libertad intelectual por la sencilla razón de
que no tienen intelecto alguno. En cambio, a un miembro del Partido no se le
puede tolerar ni siquiera la más pequeña desviación ideológica.
Todo miembro del Partido vive, desde su nacimiento hasta su muerte,
vigilado por la Policía del Pensamiento. Incluso cuando está solo no puede tener la
seguridad de hallarse efectivamente solo. Dondequiera que esté, dormido o
despierto, trabajando o descansando, en el baño o en la cama, puede ser
inspeccionado sin previo aviso y sin que él sepa que lo inspeccionan. Nada de lo
que hace es indiferente para la Policía del Pensamiento. Sus amistades, sus
distracciones, su conducta con su mujer y sus hijos, la expresión de su rostro
cuando se encuentra solo, las palabras que murmura durmiendo, incluso los
movimientos característicos de su cuerpo, son analizados escrupulosamente. No
sólo una falta efectiva en su conducta, sino cualquier pequeña excentricidad,
cualquier cambio de costumbres, cualquier gesto nervioso que pueda ser el
síntoma de una lucha interna, será estudiado con todo interés. El miembro del
Partido carece de toda libertad para decidirse por una dirección determinada; no
puede elegir en modo alguno. Por otra parte, sus actos no están regulados por
ninguna ley ni por un código de conducta claramente formulado. En Oceanía no
existen leyes. Los pensamientos y actos que, una vez descubiertos, acarrean la
muerte segura, no están prohibidos expresamente y las interminables purgas,
torturas, detenciones y vaporizaciones no se le aplican al individuo como castigo
por crímenes que haya cometido, sino que son sencillamente el barrido de
personas que quizás algún día pudieran cometer un crimen político. No sólo se le
exige al miembro del Partido que tenga las opiniones que se consideran buenas,
sino también los instintos ortodoxos. Muchas de las creencias y actitudes que se le
piden no llegan a fijarse nunca en normas estrictas y no podrían ser proclamadas
sin incurrir en flagrantes contradicciones con los principios mismos del Ingsoc. Si
una persona es ortodoxa por naturaleza (en neolengua se le llama piensabien) sabrá
en cualquier circunstancia, sin detenerse a pensarlo, cuál es la creencia acertada o
la emoción deseable. Pero en todo caso, un enfrentamiento mental complicado, que
comienza en la infancia y se concentra en torno a las palabras neolingüísticas
paracrimen, negroblanco y dobíepensar, le convierte en un ser incapaz de pensar
demasiado sobre cualquier tema.
Se espera que todo miembro del Partido carezca de emociones privadas y que
su entusiasmo no se enfríe en ningún momento. Se supone que vive en un
continuo frenesí de odio contra los enemigos extranjeros y los traidores de su
propio país, en una exaltación triunfal de las victorias y en absoluta humildad y
entrega ante el Poder y la sabiduría del Partido. Los descontentos producidos por
esta vida tan seca y poco satisfactoria son suprimidos de raíz mediante la vibración
emocional de los Dos Minutos de Odio, y las especulaciones que podrían quizá
llevar a una actitud escéptica o rebelde son aplastadas en sus comienzos o, mejor
dicho, antes de asomar a la consciencia, mediante la disciplina interna adquirida
desde la niñez. La primera etapa de esta disciplina, que puede ser enseñada
incluso a los niños, se llama en neolengua paracrimen. Paracrimen significa la
facultad de parar, de cortar en seco, de un modo casi instintivo, todo pensamiento
peligroso que pretenda salir a la superficie. Incluye esta facultad la de no percibir
las analogías, de no darse cuenta de los errores de lógica, de no comprender los
razonamientos más sencillos si son contrarios a los principios del Ingsoc de sentirse
fastidiado e incluso asqueado por todo pensamiento orientado en una dirección
herética. Paracrimen equivale, pues, a estupidez protectora. Pero no basta con la
estupidez. Por el contrario, la ortodoxia en su más completo sentido exige un
control sobre nuestros procesos mentales, un autodominio tan completo como el
de una contorsionista sobre su cuerpo. La sociedad oceánica se apoya en definitiva
sobre la creencia de que el Gran Hermano es omnipotente y que el Partido es
infalible. Pero como en realidad el Gran Hermano no es omnipotente y el Partido
no es infalible, se requiere una incesante flexibilidad para enfrentarse con los
hechos. La palabra clave en esto es negroblanco. Como tantas palabras
neolingüísticas, ésta tiene dos significados contradictorios. Aplicada a un contrario,
significa la costumbre de asegurar descaradamente que lo negro es blanco en
contradicción con la realidad de los hechos. Aplicada a un miembro del Partido
significa la buena y leal voluntad de afirmar que lo negro es blanco cuando la
disciplina del Partido lo exija. Pero también se designa con esa palabra la facultad
de creer que lo negro es blanco, más aún, de saber que lo negro es blanco y olvidar
que alguna vez se creyó lo contrario. Esto exige una continua alteración del
pasado, posible gracias al sistema de pensamiento que abarca a todo lo demás y
que se conoce con el nombre de doblepensar.
La alteración del pasado es necesaria por dos razones, una de las cuales es
subsidiaria y, por decirlo así, de precaución. La razón subsidiaria es que el
miembro del Partido, lo mismo que el proletario, tolera las condiciones de vida
actuales, en gran parte porque no tiene con qué compararlas. Hay que cortarle
radicalmente toda relación con el pasado, así como hay que aislarlo de los países
extranjeros, porque es necesario que se crea en mejores condiciones que sus
antepasados y que se haga la ilusión de que el nivel de comodidades materiales
crece sin cesar. Pero la razón más importante para «reformar» el pasado es la
necesidad de salvaguardar la infalibilidad del Partido. No solamente es preciso
poner al día los discursos, estadísticas y datos de toda clase para demostrar que las
predicciones del Partido nunca fallan, sino que no puede admitirse en ningún caso
que la doctrina política del Partido haya cambiado lo más mínimo porque
cualquier variación de táctica política es una confesión de debilidad. Si, por
ejemplo, Eurasia o Asia Orienta¡ es la enemiga de hoy, es necesario que ese país (el
que sea de los dos, según las circunstancias) figure como el enemigo de siempre. Y
si los hechos demuestran otra cosa, habrá que cambiar los hechos. Así, la Historia
ha de ser escrita continuamente. Esta falsificación diaria del pasado, realizada por
el Ministerio de la Verdad, es tan imprescindible para la estabilidad del régimen
como la represión y el espionaje efectuados por el Ministerio del Amor.
La mutabilidad del pasado es el eje del Ingsoc. Los acontecimientos pretéritos
no tienen existencia objetiva, sostiene el Partido, sino que sobreviven sólo en los
documentos y en las memorias de los hombres. El pasado es únicamente lo que
digan los testimonios escritos y la memoria humana. Pero como quiera que el
Partido controla por completo todos los documentos y también la mente de todos
sus miembros, resulta que el pasado será lo que el Partido quiera que sea. También
resulta que aunque el pasado puede ser cambiado, nunca lo ha sido en ningún caso
concreto. En efecto, cada vez que ha habido que darle nueva forma por las
exigencias del momento, esta nueva versión es ya el pasado y no ha existido ningún
pasado diferente. Esto sigue siendo así incluso cuando —como ocurre a menudo—
el mismo acontecimiento tenga que ser alterado, hasta hacerse irreconocible, varias
veces en el transcurso de un año. En cualquier momento se halla el Partido en
posesión de la verdad absoluta y, naturalmente, lo absoluto no puede haber sido
diferente de lo que es ahora. Se verá, pues, que el control del pasado depende por
completo del entrenamiento de la memoria. La seguridad de que todos los escritos
están de acuerdo con el punto de vista ortodoxo que exigen las circunstancias, no
es más que una labor mecánica. Pero también es preciso recordar que los
acontecimientos ocurrieron de la manera deseada. Y si es necesario adaptar de
nuevo nuestros recuerdos o falsificar los documentos, también es necesario olvidar
que se ha hecho esto. Este truco puede aprenderse como cualquier otra técnica
www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.
mental. La mayoría de los miembros del Partido lo aprenden y desde luego lo
consiguen muy bien todos aquellos que son inteligentes además de ortodoxos. En
el antiguo idioma se conoce esta operación con toda franqueza como «control de la
realidad». En neolengua se le llama doblepensar, aunque también es verdad que
doblepensar comprende muchas cosas.
Doblepensar significa el poder, la facultad de sostener dos opiniones
contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la
mente. El intelectual del Partido sabe en qué dirección han de ser alterados sus
recuerdos; por tanto, sabe que está trucando la realidad; pero al mismo tiempo se
satisface a sí mismo por medio del ejercicio del doblepensar en el sentido de que la
realidad no queda violada. Este proceso ha de ser consciente, pues, si no, no se
verificaría con la suficiente precisión, pero también tiene que ser inconsciente para
que no deje un sentimiento de falsedad y, por tanto, de culpabilidad. El doblepensar
está arraigando en el corazón mismo del Ingsoc, ya que el acto esencial del Partido
es el empleo del engaño consciente, conservando a la vez la firmeza de propósito
que caracteriza a la auténtica honradez. Decir mentiras a la vez que se cree
sinceramente en ellas, olvidar todo hecho que no convenga recordar, y luego,
cuando vuelva a ser necesario, sacarlo del olvido sólo por el tiempo que convenga,
negar la existencia de la realidad objetiva sin dejar ni por un momento de saber
que existe esa realidad que se niega…. todo esto es indispensable. Incluso para usar
la palabra doblepensar es preciso emplear el doblepensar. Porque para usar la
palabra se admite que se están haciendo trampas con la realidad. Mediante un
nuevo acto de doblepensar se borra este conocimiento; y así indefinidamente,
manteniéndose la mentira siempre unos pasos delante de la verdad. En definitiva,
gracias al doblepensar ha sido capaz el Partido —y seguirá siéndolo durante miles
de años— de parar el curso de la Historia.
Todas las oligarquías del pasado han perdido el poder porque se
anquilosaron o por haberse reblandecido excesivamente. O bien se hacían
estúpidas y arrogantes, incapaces de adaptarse a las nuevas circunstancias, y eran
vencidas, o bien se volvían liberales y cobardes, haciendo concesiones cuando
debieron usar la fuerza, y también fueron derrotadas. Es decir, cayeron por exceso
de consciencia o por pura inconsciencia. El gran éxito del Partido es haber logrado
un sistema de pensamiento en que tanto la consciencia como la inconsciencia
pueden existir simultáneamente. Y ninguna otra base intelectual podría servirle al
Partido para asegurar su permanencia. Si uno ha de gobernar, y de seguir
gobernando siempre, es imprescindible que desquicie el sentido de la realidad.
Porque el secreto del gobierno infalible consiste en combinar la creencia en la
propia infalibilidad con la facultad de aprender de los pasados errores.
No es preciso decir que los más sutiles cultivadores del doblepensar son
aquellos que lo inventaron y que saben perfectamente que este sistema es la mejor
organización del engaño mental. En nuestra sociedad, aquellos que saben mejor lo
que está ocurriendo son a la vez los que están más lejos de ver al mundo como
realmente es. En general, a mayor comprensión, mayor autoengaño: los más
inteligentes son en esto los menos cuerdos. Un claro ejemplo de ello es que la
histeria de guerra aumenta en intensidad a medida que subimos en la escala social.
Aquellos cuya actitud hacia la guerra es más racional son los súbditos de los
territorios disputados. Para estas gentes, la guerra es sencillamente una calamidad
continua que pasa por encima de ellos con movimiento de marca. Para ellos es
completamente indiferente cuál de los bandos va a ganar. Saben que un cambio de
dueño significa sólo que seguirán haciendo el mismo trabajo que antes, pero
sometidos a nuevos amos que los tratarán lo mismo que los anteriores. Los
trabajadores algo más favorecidos, a los que llamamos proles, sólo se dan cuenta
de un modo intermitente de que hay guerra. Cuando es necesario se les inculca el
frenesí de odio y miedo, pero si se les deja tranquilos son capaces de olvidar
durante largos períodos que existe una guerra. Y en las filas del Partido sobre todo
en las del Partido Interior hallarnos el verdadero entusiasmo bélico. Sólo creen en
la conquista del mundo los que saben que es imposible. Esta peculiar trabazón de
elementos opuestos —conocimiento con ignorancia, cinismo con fanatismo— es
una de las características distintivas de la sociedad oceánica. La ideología oficial
abunda en contradicciones incluso cuando no hay razón alguna que las justifique.
Así, el Partido rechaza y vilifica todos los principios que defendió en un principio
el movimiento socialista, y pronuncia esa condenación precisamente en nombre del
socialismo. Predica el desprecio de las clases trabajadoras. Un desprecio al que
nunca se había llegado, y a la vez viste a sus miembros con un uniforme que fue en
tiempos el distintivo de los obreros manuales y que fue adoptado por esa misma
razón. Sistemáticamente socava la solidaridad de la familia y al mismo tiempo
llama a su jefe supremo con un nombre que es una evocación de la lealtad familiar.
Incluso los nombres de los cuatro ministerios que los gobiernan revelan un gran
descaro al tergiversar deliberadamente los hechos. El Ministerio de la Paz se ocupa
de la guerra; El Ministerio de la Verdad, de las mentiras; el Ministerio del Amor, de
la tortura, y el Ministerio de la Abundancia, del hambre. Estas contradicciones no
son accidentales, no resultan de la hipocresía corriente. Son ejercicios de
doblepensar. Porque sólo mediante la reconciliación de las contradicciones es
posible retener el mando indefinidamente. Si no, se volvería al antiguo ciclo. Si la
igualdad humana ha de ser evitada para siempre, si los Altos, como los hemos
llamado, han de conservar sus puestos de un modo permanente, será
imprescindible que el estado mental predominante sea la locura controlada.
Pero hay una cuestión que hasta ahora hemos dejado a un lado. A saber: ¿por
qué debe ser evitada la igualdad humana? Suponiendo que la mecánica de este
proceso haya quedado aquí claramente descrita, debemos preguntamos ¿cuál es el
motivo de este enorme y minucioso esfuerzo planeado para congelar la historia de
un determinado momento?
Llegamos con esto al secreto central. Como hemos visto, la mística del
Partido, y sobre todo la del Partido Interior, depende del doblepensar. Pero a más
profundidad aún, se halla el motivo central, el instinto nunca puesto en duda, el
instinto que los llevó por primera vez a apoderarse de los mandos y que produjo el
doblepensar, la Policía del Pensamiento, la guerra continua y todos los demás
elementos que se han hecho necesarios para el sostenimiento del Poder. Este
motivo consiste realmente en…
CAPITULO III
La guerra es la paz
La desintegración del mundo en tres grandes superestados fue un acontecimiento que pudo haber sido previsto —y que en realidad lo fue antes de mediar el siglo XX. Al ser absorbida Europa por Rusia y el Imperio Británico por los Estados Unidos, habían nacido ya en esencia dos de los tres poderes ahora existentes, Eurasia y Oceanía. El tercero, Asia Oriental, sólo surgió como unidad aparte después de otra década de confusa lucha.
Las fronteras entre los tres superestados son arbitrarias en algunas zonas y en otras fluctúan según los altibajos de la guerra, pero en general se atienen a líneas geográficas. Eurasia comprende toda la parte norte de la masa terrestre europea y asiática, desde
Portugal hasta el Estrecho de Bering. Oceanía comprende las Américas, las islas del
Atlántico, incluyendo a las Islas Británicas, Australasia y África meridional. Asia
Oriental, potencia más pequeña que las otras y con una frontera occidental menos
definida, abarca China y los países que se hallan al sur de ella, las islas del Japón y
una amplia y fluctuante porción de Manchuria, Mongolia y el Tibet.
Estos tres superestados, en una combinación o en otra, están en guerra
permanente y llevan así veinticinco años. Sin embargo, ya no es la guerra aquella
lucha desesperada y aniquiladora que era en las primeras décadas del siglo XX. Es
una lucha por objetivos limitados entre combatientes incapaces de destruirse unos
a otros, sin una causa material para luchar y que no se hallan divididos por
diferencias ideológicas claras. Esto no quiere decir que la conducta en la guerra ni
la actitud hacia ella sean menos sangrientas ni más caballerosas. Por el contrario, el
histerismo bélico es continuo v universal, y las violaciones, los saqueos, la matanza
de niños, la esclavización de poblaciones enteras y represalias contra los
prisioneros hasta el punto de quemarlos y enterrarlos vivos, se consideran
normales, y cuando esto no lo comete el enemigo sino el bando propio, se estima
meritorio. Pero en un sentido físico, la guerra afecta a muy pocas personas, la
mayoría especialistas muy bien preparados, y causa pocas bajas relativamente.
Cuando hay lucha, tiene lugar en confusas fronteras que el hombre medio apenas
puede situar en un mapa o en torno a las fortalezas flotantes que guardan los
lugares estratégicos en el mar. En los centros de civilización la guerra no significa
más que una continua escasez de víveres y alguna que otra bomba cohete que
puede causar unas veintenas de víctimas. En realidad, la guerra ha cambiado de
carácter. Con más exactitud, puede decirse que ha variado el orden de importancia
de las razones que determinaban una guerra. Se han convertido en dominantes y
son reconocidos conscientemente motivos que ya estaban latentes en las grandes
guerras de la primera mitad del siglo XX.
Para comprender la naturaleza de la guerra actual —pues, a pesar del
reagrupamiento que ocurre cada pocos años, siempre es la misma guerra— hay
que darse cuenta en primer lugar de que esta guerra no puede ser decisiva.
Ninguno de los tres superestados podría ser conquistado definitivamente ni
siquiera por los otros dos en combinación. Sus fuerzas están demasiado bien
equilibradas. Y sus defensas son demasiado poderosas. Eurasia está protegida por
sus grandes espacios terrestres, Oceanía por la anchura del Atlántico y del Pacífico,
Asia Oriental por la fecundidad y laboriosidad de sus habitantes. Además, ya no
hay nada por qué luchar. Con las economías autárquicas, la lucha por los
mercados, que era una de las causas principales de las guerras anteriores, ha
dejado de tener sentido, y la competencia por las materias primas ya no es una
cuestión de vida o muerte. Cada uno de los tres superestados es tan inmenso que
puede obtener casi todas las materias que necesita dentro de sus propias fronteras.
Si acaso, se propone la guerra el dominio del trabajo. Entre las fronteras de los
superestados, y sin pertenecer de un modo permanente a ninguno de ellos, se
extiende un cuadrilátero, con sus ángulos en Tánger, Brazzaville, Darwin y
Hong—Kong, que contiene casi una quinta parte de la población de la Tierra. Las
tres potencias luchan constantemente por la posesión de estas regiones
densamente pobladas, así como por las zonas polares. En la práctica, ningún poder
controla totalmente esa área disputada. Porciones de ella están cambiando a cada
momento de manos, y lo que en realidad determina los súbitos y múltiples
cambios de afianzas es la posibilidad de apoderarse de uno u otro pedazo de tierra
mediante una inesperada traición.
Todos esos territorios disputados contienen valiosos minerales y algunos de
ellos producen ciertas cosas, como la goma, que en los climas fríos es preciso
sintetizar por métodos relativamente caros. Pero, sobre todo, proporcionan una
inagotable reserva de mano de obra muy barata. La potencia que controle el África
Ecuatorial, los países del Oriente Medio, la India Meridional o el Archipiélago
Indonesio, dispone también de centenares de millones de trabajadores mal
pagados y muy resistentes. Los habitantes de esas regiones, reducidos más o
menos abiertamente a la condición de esclavos, pasan continuamente de un
conquistador a otro y son empleados como carbón o aceite en la carrera de
armamento, armas que sirven para capturar más territorios y ganar así más mano
de obra, con lo cual se pueden tener más armas que servirán para conquistar más
territorios, y así indefinidamente. Es interesante observar que la lucha nunca
sobrepasa los límites de las zonas disputadas. Las fronteras de Eurasia avanzan y
retroceden entre la cuenca del Congo y la orilla septentrional del Mediterráneo; las
islas del Océano Indico y del Pacífico son conquistadas y reconquistadas
constantemente por Oceanía y por Asia Oriental; en Mongolia, la línea divisoria
entre Eurasia y Asia Oriental nunca es estable; en torno al Polo Norte, las tres
potencias reclaman inmensos territorios en su mayor parte inhabitados e
inexplorados; pero el equilibrio de poder no se altera apenas con todo ello y el
territorio que constituye el suelo patrio de cada uno de los tres superestados nunca
pierde su independencia. Además, la mano de obra de los pueblos explotados
alrededor del Ecuador no es verdaderamente necesaria para la economía mundial.
Nada atañe a la riqueza del mundo, ya que todo lo que produce se dedica a fines
de guerra, y el objeto de prepararse para una guerra no es más que ponerse en
situación de emprender otra guerra. Las poblaciones esclavizadas permiten, con su
trabajo, que se acelere el ritmo de la guerra. Pero si no existiera ese refuerzo de
trabajo, la estructura de la sociedad y el proceso por el cual ésta se mantiene no
variarían en lo esencial.
La finalidad principal de la guerra moderna (de acuerdo con los principios
del doblepensar) la reconocen y, a la vez, no la reconocen, los cerebros dirigentes
del Partido Interior. Consiste en usar los productos de las máquinas sin elevar por
eso el nivel general de la vida. Hasta fines del siglo XIX había sido un problema
latente de la sociedad industrial qué había de hacerse con el sobrante de los
artículos de consumo. Ahora, aunque son pocos los seres humanos que pueden
comer lo suficiente, este problema no es urgente y nunca podría tener caracteres
graves aunque no se emplearan procedimientos artificiales para destruir esos
productos. El mundo de hoy, si lo comparamos con el anterior a 1914, está
desnudo, hambriento y lleno de desolación; y aún más si lo comparamos con el
futuro que las gentes de aquella época esperaba. A principios del siglo XX la visión
de una sociedad futura increíblemente rica, ordenada, eficaz y con tiempo para
todo —un reluciente mundo antiséptico de cristal, acero y cemento, un mundo de
nívea blancura— era el ideal de casi todas las personas cultas. La ciencia y la
tecnología se desarrollaban a una velocidad prodigiosa y parecía natural que este
desarrollo no se interrumpiera jamás. Sin embargo, no continuó el perfeccionamiento, en parte por el empobrecimiento causado por una larga serie de guerras y revoluciones, y en parte porque el progreso científico y técnico se basaba en un hábito empírico de pensamiento que no podía existir en una sociedad estrictamente reglamentada. En conjunto, el mundo es hoy más primitivo que hace cincuenta años. Algunas zonas secundarias han progresado y se han realizado algunos perfeccionamientos, ligados siempre a la guerra y al espionaje policiaco, pero los experimentos científicos y los inventos no han seguido su curso y los destrozos causados por la guerra atómica de los años cincuenta y tantos nunca llegaron a ser reparados. No obstante, perduran los peligros del maquinismo. Cuando aparecieron las grandes máquinas, se pensó, lógicamente, que cada vez haría menos falta la servidumbre del trabajo y que esto contribuiría en gran medida a suprimir las desigualdades en la condición humana. Si las máquinas eran empleadas deliberadamente con esa finalidad, entonces el hambre, la suciedad, el analfabetismo, las enfermedades y el cansancio serían necesariamente eliminados al cabo de unas cuantas generaciones. Y, en realidad, sin ser empleada con esa finalidad, sino sólo por un proceso automático —produciendo riqueza que no
había más remedio que distribuir—, elevó efectivamente la máquina el nivel de
vida de las gentes que vivían a mediados de siglo. Estas gentes vivían muchísimo
mejor que las de fines del siglo XIX.
Pero también resultó claro que un aumento de bienestar tan extraordinario
amenazaba con la destrucción —era ya, en sí mismo, la destrucción— de una
sociedad jerárquica. En un mundo en que todos trabajaran pocas horas, tuvieran
bastante que comer, vivieran en casas cómodas e higiénicas, con cuarto de baño,
calefacción y refrigeración, y poseyera cada uno un auto o quizás un aeroplano,
habría desaparecido la forma más obvia e hiriente de desigualdad. Si la riqueza
llegaba a generalizarse, no serviría para distinguir a nadie. Sin duda, era posible
imaginarse una sociedad en que la riqueza, en el sentido de posesiones y lujos
personales, fuera equitativamente distribuida mientras que el poder siguiera en
manos de una minoría, de una pequeña casta privilegiada. Pero, en la práctica,
semejante sociedad no podría conservarse estable, porque si todos disfrutasen por
igual del lujo y del ocio, la gran masa de seres humanos, a quienes la pobreza suele
imbecilizar, aprenderían muchas cosas y empezarían a pensar por sí mismos; y si
empezaran a reflexionar, se darían cuenta más pronto o más tarde que la minoría
privilegiada no tenía derecho alguno a imponerse a los demás y acabarían
, una sociedad jerárquica sólo sería posible basándose en la
pobreza y en la ignorancia. Regresar al pasado agrícola —como querían algunos
pensadores de principios de este siglo— no era una solución práctica, puesto que
estaría en contra de la tendencia a la mecanización, que se había hecho casi
instintiva en el mundo entero, y, además, cualquier país que permaneciera
atrasado industrialmente sería inútil en un sentido militar y caería antes o después
bajo el dominio de un enemigo bien armado.
Tampoco era una buena solución mantener la pobreza de las masas
restringiendo la producción. Esto se practicó en gran medida entre 1920 y 1940.
Muchos países dejaron que su economía se anquilosara. No se renovaba el material
indispensable para la buena marcha de las industrias, quedaban sin cultivar las
tierras, y grandes masas de población, sin tener en qué trabajar, vivían de la
caridad del Estado. Pero también esto implicaba una debilidad militar, y como las
privaciones que infligía eran innecesarias, despertaba inevitablemente una gran
oposición. El problema era mantener en marcha las ruedas de la industria sin
aumentar la riqueza real del mundo. Los bienes habían de ser producidos, pero no
distribuidos. Y, en la práctica, la única manera de lograr esto era la guerra
continua.
El acto esencial de la guerra es la destrucción, no forzosamente de vidas
humanas, sino de los productos del trabajo. La guerra es una manera de pulverizar
o de hundir en el fondo del mar los materiales que en la paz constante podrían
emplearse para que las masas gozaran de excesiva comodidad y, con ello, se
hicieran a la larga demasiado inteligentes. Aunque las armas no se destruyeran, su
fabricación no deja de ser un método conveniente de gastar trabajo sin producir
nada que pueda ser consumido. En una fortaleza flotante, por ejemplo, se emplea
el trabajo que hubieran dado varios centenares de barcos de carga. Cuando se
queda anticuada, y sin haber producido ningún beneficio material para nadie, se
construye una nueva fortaleza flotante mediante un enorme acopio de mano de
obra. En principio, el esfuerzo de guerra se planea para consumir todo lo que sobre
después de haber cubierto unas mínimas necesidades de la población. Este mínimo
se calcula siempre en mucho menos de lo necesario, de manera que hay una
escasez crónica de casi todos los artículos necesarios para la vida, lo cual se
considera como una ventaja. Constituye una táctica deliberada mantener incluso a
los grupos favorecidos al borde de la escasez, porque un estado general de escasez
aumenta la importancia de los pequeños privilegios y hace que la distinción entre
un grupo y otro resulte más evidente. En comparación con el nivel de vida de
principios del siglo XX, incluso los miembros del Partido Interior llevan una vida
austera y laboriosa. Sin embargo, los pocos lujos que disfrutan —un buen piso,
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mejores telas, buena calidad del alimento, bebidas y tabaco, dos o tres criados, un
auto o un autogiro privado— los colocan en un mundo diferente del de los
miembros del Partido Exterior, y estos últimos poseen una ventaja similar en
comparación con las masas sumergidas, a las que llamamos «los proles». La
atmósfera social es la de una ciudad sitiada, donde la posesión de un trozo de
carne de caballo establece la diferencia entre la riqueza y la pobreza. Y, al mismo
tiempo, la idea de que se está en guerra, y por tanto en peligro, hace que la entrega
de todo el poder a una reducida casta parezca la condición natural e inevitable
para sobrevivir.
Se verá que la guerra no sólo realiza la necesaria distinción, sino que la
efectúa de un modo aceptable psicológicamente. En principio, sería muy sencillo
derrochar el trabajo sobrante construyendo templos y pirámides, abriendo zanjas y
volviéndolas a llenar o incluso produciendo inmensas cantidades de bienes y
prendiéndoles fuego. Pero esto sólo daría la base económica y no la emotiva para
una sociedad jerarquizada. Lo que interesa no es la moral de las masas, cuya
actitud no importa mientras se hallen absorbidas por su trabajo, sino la moral del
Partido mismo. Se espera que hasta el más humilde de los miembros del Partido
sea competente, laborioso e incluso inteligente —siempre dentro de límites
reducidos, claro está—, pero siempre es preciso que sea un fanático ignorante y
crédulo en el que prevalezca el miedo, el odio, la adulación y una continua
sensación orgiástico de triunfo. En otras palabras, es necesario que ese hombre
posea la mentalidad típica de la guerra. No importa que haya o no haya guerra y,
ya que no es posible una victoria decisiva, tampoco importa si la guerra va bien o
mal. Lo único preciso es que exista un estado de guerra. La desintegración de la
inteligencia especial que el Partido necesita de sus miembros, y que se logra mucho
mejor en una atmósfera de guerra, es ya casi universal, pero se nota con más
relieve a medida que subimos en la escala jerárquica. Precisamente es en el Partido
Interior donde la histeria bélica y el odio al enemigo son más intensos. Para ejercer
bien sus funciones administrativas, se ve obligado con frecuencia el miembro del
Partido Interior a saber que esta o aquella noticia de guerra es falsa y puede saber
muchas veces que una pretendida guerra o no existe o se está realizando con fines
completamente distintos a los declarados. Pero ese conocimiento queda
neutralizado fácilmente mediante la técnica del doblepensar. De modo que ningún
miembro del Partido Interior vacila ni un solo instante en su creencia mística de
que la guerra es una realidad y que terminará victoriosamente con el dominio
indiscutible de Oceanía sobre el mundo entero.
Todos los miembros del Partido Interior creen en esta futura victoria total
como en un artículo de fe. Se conseguirá, o bien paulatinamente mediante la
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adquisición de más territorios sobre los que se basará una aplastante
preponderancia, o bien por el descubrimiento de algún arma secreta. Continúa sin
cesar la búsqueda de nuevas armas, y ésta es una de las poquísimas actividades en
que todavía pueden encontrar salida la inventiva y las investigaciones científicas.
En la Oceanía de hoy la ciencia en su antiguo sentido ha dejado casi de existir. En
neolengua no hay palabra para ciencia. El método empírico de pensamiento, en el
cual se basaron todos los adelantos científicos del pasado, es opuesto a los
principios fundamentales de Ingsoc. E incluso el progreso técnico sólo existe
cuando sus productos pueden ser empleados para disminuir la libertad humana.
Las dos finalidades del Partido son conquistar toda la superficie de la Tierra y
extinguir de una vez para siempre la posibilidad de toda libertad del pensamiento.
Hay, por tanto, dos grandes problemas que ha de resolver el Partido. Uno es el de
descubrir, contra la voluntad del interesado, lo que está pensando determinado ser
humano, y el otro es cómo suprimir, en pocos segundos y sin previo aviso, a varios
centenares de millones de personas. Éste es el principal objetivo de las
investigaciones científicas. El hombre de ciencia actual es una mezcla de psicólogo
y policía que estudia con extraordinaria minuciosidad el significado de las
expresiones faciales, gestos y tonos de voz, los efectos de las drogas que obligan a
decir la verdad, la terapéutica del shock, del hipnotismo y de la tortura física; y si es
un químico, un físico o un biólogo, sólo se preocupará por aquellas ramas que
dentro de su especialidad sirvan para matar. En los grandes laboratorios del
Ministerio de la Paz, en las estaciones experimentales ocultas en las selvas
brasileñas, en el desierto australiano o en las islas perdidas del Atlántico, trabajan
incansablemente los equipos técnicos. Unos se dedican sólo a planear la logística
de las guerras futuras; otros, a idear bombas cohete cada vez mayores, explosivos
cada vez más poderosos y corazas cada vez más impenetrables; otros buscan gases
más mortíferos o venenos que puedan ser producidos en cantidades tan inmensas
que destruyan la vegetación de todo un continente, o cultivan gérmenes
inmunizados contra todos los posibles antibióticos; otros se esfuerzan por producir
un vehículo que se abra paso por la tierra como un submarino bajo el agua, o un
aeroplano tan independiente de su base como un barco en el mar, otros exploran
posibilidades aún más remotas, como la de concentrar los rayos del sol mediante
gigantescas lentes suspendidas en el espacio a miles de kilómetros, o producir
terremotos artificiales utilizando el calor del centro de la Tierra.
Pero ninguno de estos proyectos se aproxima nunca a su realización, y
ninguno de los tres superestados adelanta a los otros dos de un modo definitivo.
Lo más notable es que las tres potencias tienen ya, con la bomba atómica, un arma
mucho más poderosa que cualquiera de las que ahora tratan de convertir en
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realidad. Aunque el Partido, según su costumbre, quiere atribuirse el invento, las
bombas atómicas aparecieron por primera vez a principios de los años cuarenta y
tantos de este siglo y fueron usadas en gran escala unos diez años después. En
aquella época cayeron unos centenares de bombas en los centros industriales,
principalmente de la Rusia Europea, Europa Occidental y Norteamérica. El objeto
perseguido era convencer a los gobernantes de todos los países que unas cuantas
bombas más terminarían con la sociedad organizada y por tanto con su poder. A
partir de entonces, y aunque no se llegó a ningún acuerdo formal, no se arrojaron
más bombas atómicas. Las potencias actuales siguen produciendo bombas
atómicas y almacenándolas en espera de la oportunidad decisiva que todos creen
llegará algún día. Mientras tanto, el arte de la guerra ha permanecido estacionado
durante treinta o cuarenta años. Los autogiros se usan más que antes, los aviones
de bombardeo han sido sustituidos en gran parte por los proyectiles
autoimpulsados y el frágil tipo de barco de guerra fue reemplazado por las
fortalezas flotantes, casi imposibles de hundir. Pero, aparte de ello, apenas ha
habido adelantos bélicos. Se siguen usando el tanque, el submarino, el torpedo, la
ametralladora e incluso el rifle y la granada de mano. Y, a pesar de las
interminables matanzas comunicadas por la Prensa y las telepantallas, las
desesperadas batallas de las guerras anteriores en las cuales morían en pocas
semanas centenares de miles e incluso millones de hombres— no han vuelto a
repetirse.
Ninguno de los tres superestados intenta nunca una maniobra que suponga el
riesgo de una seria derrota. Cuando se lleva a cabo una operación de grandes
proporciones, suele tratarse de un ataque por sorpresa contra un aliado. La
estrategia que siguen los tres superestados —o que pretenden seguir es la misma.
Su plan es adquirir, mediante una combinación, un anillo de bases que rodee
completamente a uno de los estados rivales para firmar luego un pacto de amistad
con ese rival y seguir en relaciones pacíficas con él durante el tiempo que sea
preciso para que se confíen. En este tiempo, se almacenan bombas atómicas en los
sitios estratégicos. Esas bombas, cargadas en los cohetes, serán disparadas algún
día simultáneamente, con efectos tan devastadores que no habrá posibilidad de
respuesta. Entonces se firmará un pacto de amistad con la otra potencia, en
preparación de un nuevo ataque. No es preciso advertir que este plan es un
ensueño de imposible realización. Nunca hay verdadera lucha a no ser en las zonas
disputadas en el Ecuador y en los Polos: no hay invasiones del territorio enemigo.
Lo cual explica que en algunos sitios sean arbitrarias las fronteras entre los
superestados. Por ejemplo, Eurasia podría conquistar fácilmente las Islas
Británicas, que forman parte, geográficamente, de Europa, y también sería posible
para Oceanía avanzar sus fronteras hasta el Rin e incluso hasta el Vístula. Pero esto
violaría el principio —seguido por todos los bandos, aunque nunca formulado—
de la integridad cultural. Así, si Oceanía conquistara las áreas que antes se
conocían con los nombres de Francia y Alemania, sería necesario exterminar a
todos sus habitantes —tarea de gran dificultad física o asimilarse una población de
un centenar de millones de personas que, en lo técnico, están a la misma altura que
los oceánicos. El problema es el mismo para todos los superestados, siendo
absolutamente imprescindible aue su estructura no entre en contacto con
extranjeros, excepto en reducidas proporciones con prisioneros de guerra y
esclavos de color. Incluso el aliado oficial del momento es considerado con mucha
suspicacia. El ciudadano medio de Oceanía nunca ve a un ciudadano de Eurasia ni
de Asia Oriental —aparte de los prisioneros— y se le prohibe que aprenda lenguas
extranjeras. Si se le permitiera entrar en relación con extranjeros, descubriría que
son criaturas iguales a él en lo esencial y que casi todo lo que se le ha dicho sobre
ellos es una sarta de mentiras. Se rompería así el mundo cerrado y en que vive y
quizá desaparecieran el miedo, el odio y la rigidez fanática en que se basa su
moral. Se admite, por tanto, en los tres Estados que por mucho que cambien de
manos Persia, Egipto, Java o Ceilán, las fronteras principales nunca podrán ser
cruzadas más que por las bombas.
Bajo todo esto hallamos un hecho al que nunca se alude, pero admitido
tácitamente y sobre el que se basa toda conducta oficial, a saber: que las
condiciones de vida de los tres superestados son casi las mismas. En Oceanía
prevalece la ideología llamada Ingsoc, en Eurasia el neobolchevismo y en Asia
Oriental lo que se conoce por un nombre chino que suele traducirse por «adoración
de la muerte», pero que quizá quedaría mejor expresado como «desaparición del
yo». Al ciudadano de Oceanía no se le permite saber nada de las otras dos
ideologías, pero se le enseña a condenarlas como bárbaros insultos contra la
moralidad y el sentido común. La verdad es que apenas pueden distinguirse las
tres ideologías, y los sistemas sociales que ellas soportan son los mismos. En los
tres existe la misma estructura piramidal, idéntica adoración a un jefe semidivino,
la misma economía orientada hacia una guerra continua. De ahí que no sólo no
puedan conquistarse mutuamente los tres superestados, sino que no tendrían
ventaja alguna si lo consiguieran. Por el contrario, se ayudan mutuamente
manteniéndose en pugna. Y los grupos dirigentes de las tres Potencias saben y no
saben, a la vez, lo que están haciendo. Dedican sus vidas a la conquista del mundo,
pero están convencidos al mismo tiempo de que es absolutamente necesario que la
guerra continúe eternamente sin ninguna victoria definitiva. Mientras tanto, el
hecho de que no hay peligro de conquista hace posible la denegación sistemática
de la realidad, que es la característica principal del Ingsoc y de sus sistemas rivales.
Y aquí hemos de repetir que, al hacerse continua, la guerra ha cambiado
fundamentalmente de carácter.
En tiempos pasados, una guerra, casi por definición, era algo que más pronto
o más tarde tenía un final; generalmente, una clara victoria o una derrota
indiscutible. Además, en el pasado, la guerra era uno de los principales
instrumentos con que se mantenían las sociedades humanas en contacto con la
realidad física. Todos los gobernantes de todas las épocas intentaron imponer un
falso concepto del mundo a sus súbditos, pero no podían fomentar ilusiones que
perjudicasen la eficacia militar. Como quiera que la derrota significaba la pérdida
de la independencia o cualquier otro resultado indeseable, habían de tomar serias
precauciones para evitar la derrota. Estos hechos no podían ser ignorados. Aun
admitiendo que en filosofía, en ciencia, en ética o en política dos y dos pudieran ser
cinco, cuando se fabricaba un cañón o un aeroplano tenían que ser cuatro. Las
naciones mal preparadas acababan siempre siendo conquistadas, y la lucha por
una mayor eficacia no admitía ilusiones. Además, para ser eficaces había que
aprender del pasado, lo cual suponía estar bien enterado de lo ocurrido en épocas
anteriores. Los periódicos y los libros de historia eran parciales, naturalmente, pero
habría sido imposible una falsificación como la que hoy se realiza. La guerra era
una garantía de cordura. Y respecto a las clases gobernantes, era el freno más
seguro. Nadie podía ser, desde el poder, absolutamente irresponsable desde el
momento en que una guerra cualquiera podía ser ganada o perdida.
Pero cuando una guerra se hace continua, deja de ser peligrosa porque
desaparece toda necesidad militar. El progreso técnico puede cesar y los hechos
más palpables pueden ser negados o descartados como cosas sin importancia. Lo
único eficaz en Oceanía es la Policía del Pensamiento. Como cada uno de los tres
superestados es inconquistable, cada uno de ellos es, por tanto, un mundo
separado dentro del cual puede ser practicada con toda tranquilidad cualquier
perversión mental. La realidad sólo ejerce su presión sobre las necesidades de la
vida cotidiana: la necesidad de comer y de beber, de vestirse y tener un techo, de
no beber venenos ni caerse de las ventanas, etc… Entre la vida y la muerte, y entre
el placer físico y el dolor físico, sigue habiendo una distinción, pero eso es todo.
Cortados todos los contactos con el mundo exterior y con el pasado, el ciudadano
de Oceanía es como un hombre en el espacio interestelar, que no tiene manera de
saber por dónde se va hacia arriba y por dónde hacia abajo. Los gobernantes de un
Estado como éste son absolutos como pudieran serlo los faraones o los césares. Se
ven obligados a evitar que sus gentes se mueran de hambre en cantidades
excesivas, y han de mantenerse al mismo nivel de baja técnica militar que sus rivales. Pero, una vez conseguido ese mínimo, pueden retorcer y deformar la
realidad dándole la forma que se les antoje.
Por tanto, la guerra de ahora, comparada con las antiguas, es una impostura.
Se podría comparar esto a las luchas entre ciertos rumiantes cuyos cuernos están
colocados de tal manera que no pueden herirse. Pero aunque es una impostura, no
deja de tener sentido. Sirve para consumir el sobrante de bienes y ayuda a
conservar la atmósfera mental imprescindible para una sociedad jerarquizado.
Como se ve, la guerra es ya sólo un asunto de política interna. En el pasado, los
grupos dirigentes de todos los países, aunque reconocieran sus propios intereses e
incluso los de sus enemigos y gritaran en lo posible la destructividad de la guerra,
en definitiva luchaban unos contra otros y el vencedor aplastaba al vencido. En
nuestros días no luchan unos contra otros, sino cada grupo dirigente contra sus
propios súbditos, y el objeto de la guerra no es conquistar territorio ni defenderlo,
sino mantener intacta la estructura de la sociedad. Por lo tanto, la palabra guerra se
ha hecho equívoca. Quizá sería acertado decir que la guerra, al hacerse continua,
ha dejado de existir. La presión que ejercía sobre los seres humanos entre la Edad
neolítica y principios del siglo XX ha desaparecido, siendo sustituida por algo
completamente distinto. El efecto sería muy parecido si los tres superestados, en
vez de pelear cada uno con los otros, llegaran al acuerdo —respetándole— de vivir
en paz perpetua sin traspasar cada uno las fronteras del otro. En ese caso, cada uno
de ellos seguiría siendo un mundo cerrado libre de la angustiosa influencia del
peligro externo. Una paz que fuera de verdad permanente sería lo mismo que una
guerra permanente. Éste es el sentido verdadero (aunque la mayoría de los
miembros del Partido lo entienden sólo de un modo superficial) de la consigna del
Partido: la guerra es la paz.