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TEORÍA Y PRÁCTICA DEL COLECTIVISMO OLIGARQUICO por EMMANUEL GOLDSTEIN Ago 1, 09

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CAPITULO PRIMERO

La ignorancia es la fuerza

Durante todo el tiempo de que se tiene noticia —probablemente desde fines

del periodo neolítico— ha habido en el mundo tres clases de personas: los Altos,

los Medianos y los Bajos. Se han subdividido de muchos modos, han llevado muy

diversos nombres y su número relativo, así como la actitud que han guardado

unos hacia otros, ha variado de época en época; pero la estructura esencial de la

sociedad nunca ha cambiado. Incluso después de enormes conmociones y de

cambios que parecían irrevocables, la misma estructura ha vuelto a imponerse,

igual que un giroscopio vuelve siempre a la posición de equilibrio por mucho que

lo empujemos en un sentido o en otro.

Los objetivos de estos tres grupos son por completo inconciliables.

Los Altos quieren quedarse donde están. Los Medianos tratan de arrebatarles sus puestos a los Altos. La finalidad de los Bajos, cuando la tienen —porque su principal característica es hallarse aplastados por las exigencias de la vida cotidiana—, consiste en abolir todas las distinciones y crear una sociedad en que todos los hombres sean iguales. Así, vuelve a presentarse continuamente la misma lucha social. Durante largos

períodos, parece que los Altos se encuentran muy seguros en su poder, pero

siempre llega un momento en que pierden la confianza en sí mismos o se debilita

su capacidad para gobernar, o ambas cosas a la vez. Entonces son derrotados por

los Medianos, que llevan junto a ellos a los Bajos porque les han asegurado que

ellos representan la libertad y la justicia. En cuanto logran sus objetivos, los

Medianos abandonan a los Bajos y los relegan a su antigua posición de

servidumbre, convirtiéndose ellos en los Altos. Entonces, un grupo de los

Medianos se separa de los demás y empiezan a luchar entre ellos. De los tres

grupos, solamente los Bajos no logran sus objetivos ni siquiera transitoriamente.

Sería exagerado afirmar que en toda la Historia no ha habido progreso material.

Aun hoy, en un período de decadencia, el ser humano se encuentra mejor que hace

unos cuantos siglos. Pero ninguna reforma ni revolución alguna han conseguido

acercarse ni un milímetro a la igualdad humana. Desde el punto de vista de los

Bajos, ningún cambio histórico ha significado mucho más que un cambio en el

nombre de sus amos.

A fines del siglo XIX eran muchos los que habían visto claro este juego. De ahí

que surgieran escuelas del pensamiento que interpretaban la Historia como un

proceso cíclico y aseguraban que la desigualdad era la ley inalterable de la vida

humana. Desde luego, esta doctrina ha tenido siempre sus partidarios, pero se

había introducido un cambio significativo. En el pasado, la necesidad de una forma

jerárquica de la sociedad había sido la doctrina privativa de los Altos. Fue

defendida por reyes, aristócratas, jurisconsultos, etc. Los Medianos, mientras

luchaban por el poder, utilizaban términos como «libertad», «justicia» y

«fraternidad». Sin embargo, el concepto de la fraternidad humana empezó a ser

atacado por individuos que todavía no estaban en el Poder, pero que esperaban

estarlo pronto. En el pasado, los Medianos hicieron revoluciones bajo la bandera de

la igualdad, pero se limitaron a imponer una nueva tiranía apenas desaparecida la

anterior. En cambio, los nuevos grupos de Medianos proclamaron de antemano su

tiranía. El socialismo, teoría que apareció a principios del siglo XIX y que fue el

último eslabón de una cadena que se extendía hasta las rebeliones de esclavos en la

Antigüedad, seguía profundamente infestado por las viejas utopías. Pero a cada

variante de socialismo aparecida a partir de 1900 se abandonaba más abiertamente

la pretensión de establecer la libertad y la igualdad. Los nuevos movimientos que

surgieron a mediados del siglo, Ingsoc en Oceanía, neobolchevismo en Eurasia y

adoración de la muerte en Asia oriental, tenían como finalidad consciente la

perpetuación de la falta de libertad y de la desigualdad social. Estos nuevos

movimientos, claro está, nacieron de los antiguos y tendieron a conservar sus

nombres y aparentaron respetar sus ideologías. Pero el propósito de todos ellos era

sólo detener el progreso e inmovilizar a la Historia en un momento dado. El

movimiento de péndulo iba a ocurrir una vez más y luego a detenerse. Como de

costumbre, los Altos serían desplazados por los Medianos, que entonces se

convertirían a su vez en Altos, pero esta vez, por una estrategia consciente, estos

últimos Altos conservarían su posición permanentemente.

Las nuevas doctrinas surgieron en parte a causa de la acumulación de

conocimientos históricos y del aumento del sentido histórico, que apenas había

existido antes del siglo XIX. Se entendía ya el movimiento cíclico de la Historia, o

parecía entenderse; y al ser comprendido podía ser también alterado. Pero la causa

principal y subyacente era que ya a principios del siglo XX era técnicamente

posible la igualdad humana. Seguía siendo cierto que los hombres no eran iguales

en sus facultades innatas y que las funciones habían de especializarse de modo que

favorecían inevitablemente a unos individuos sobre otros; pero ya no eran precisas

las diferencias de clase ni las grandes diferencias de riqueza. Antiguamente, las

diferencias de clase no sólo habían sido inevitables, sino deseables. La desigualdad

era el precio de la civilización. Sin embargo, el desarrollo del maquinismo iba a

cambiar esto. Aunque fuera aún necesario que los seres humanos realizaran

diferentes clases de trabajo, ya no era preciso que vivieran en diferentes niveles

sociales o económicos. Por tanto, desde el punto de vista de los nuevos grupos que

estaban a punto de apoderarse del mando, no era ya la igualdad humana un ideal

por el que convenía luchar, sino un peligro que había de ser evitado. En épocas

más antiguas, cuando una sociedad justa y pacífica no era posible, resultaba muv

fácil creer en ella. La idea de un paraíso terrenal en el que los hombres vivirían

como hermanos, sin leyes y sin trabajo agotador, estuvo obsesionando a muchas

imaginaciones durante miles de años. Y esta visión tuvo una cierta importancia

incluso entre los grupos que de hecho se aprovecharon de cada cambio histórico.

Los herederos de la Revolución francesa, inglesa y americana habían creído

parcialmente en sus frases sobre los derechos humanos, libertad de expresión,

igualdad ante la ley y demás, e incluso se dejaron influir en su conducta por

algunas de ellas hasta cierto punto. Pero hacia la década cuarta del siglo XX todas

las corrientes de pensamiento político eran autoritarias. Pero ese paraíso terrenal

quedó desacreditado precisamente cuando podía haber sido realizado, y en el

segundo cuarto del siglo XX volvieron a ponerse en práctica procedimientos que

ya no se usaban desde hacía siglos: encarcelamiento sin proceso, empleo de los

prisioneros de guerra como esclavos, ejecuciones públicas, tortura para extraer

confesiones, uso de rehenes y deportación de poblaciones en masa. Todo esto se

hizo habitual y fue defendido por individuos considerados como inteligentes y

avanzados. Los nuevos sistemas políticos se basaban en la jerarquía v la

regimentación.

Después de una década de guerras nacionales, guerras civiles, revoluciones v

contrarrevoluciones en todas partes del mundo, surgieron el Ingsoc v sus rivales

como teorías políticas inconmovibles. Pero ya las habían anunciado los varios

sistemas, generalmente llamados totalitarios, que aparecieron durante el segundo

cuarto de siglo y se veía claramente el perfil que había de tener el mundo futuro.

La nueva aristocracia estaba formada en su mayoría por burócratas, hombres de

ciencia, técnicos, organizadores sindicales, especialistas en propaganda, sociólogos,

educadores, Periodistas y políticos profesionales. Esta gente, cuyo origen estaba en

la clase media asalariada y en la capa superior de la clase obrera, había sido

formada y agrupada por el mundo inhóspito de la industria monopolizada y el

gobierno centralizado. Comparados con los miembros de las clases dirigentes en el

pasado, esos hombres eran menos avariciosos, les tentaba menos el lujo y más el

placer de mandar, y, sobre todo, tenían más consciencia de lo que estaban haciendo

y se dedicaban con mayor intensidad a aplastar a la oposición. Esta última

diferencia era esencial. Comparadas con la que hoy existe, todas las tiranías del

pasado fueron débiles e ineficaces. Los grupos gobernantes se hallaban

contagiados siempre en cierta medida por las ideas liberales y no les importaba

dejar cabos sueltos por todas partes. Sólo se preocupaban por los actos realizados y

no se interesaban por lo que los súbditos pudieran pensar. En parte, esto se debe a

que en el pasado ningún Estado tenía el poder necesario para someter a todos sus

ciudadanos a una vigilancia constante. Sin embargo, el invento de la imprenta

facilitó mucho el manejo de la opinión pública, y el cine y la radio contribuyeron

en gran escala a acentuar este proceso. Con el desarrollo de la televisión y el

adelanto técnico que hizo posible recibir y transmitir simultáneamente en el mismo

aparato, terminó la vida privada. Todos los ciudadanos, o por lo menos todos

aquellos ciudadanos que poseían la suficiente importancia para que mereciese la

pena vigilarlos, podían ser tenidos durante las veinticuatro horas del día bajo la

constante observación de la policía y rodeados sin cesar por la propaganda oficial,

mientras que se les cortaba toda comunicación con el mundo exterior.

Por primera vez en la Historia existía la posibilidad de forzar a los

gobernados, no sólo a una completa obediencia a la voluntad del Estado, sino a la

completa uniformidad de opinión.

Después del período revolucionario entre los años cincuenta y tantos y

setenta, la sociedad volvió a agruparse como siempre, en Altos, Medios y Bajos.

Pero el nuevo grupo de Altos, a diferencia de sus predecesores, no actuaba ya por

instinto, sino que sabía lo que necesitaba hacer para salvaguardar su posición. Los

privilegiados se habían dado cuenta desde hacía bastante tiempo de que la base

más segura para la oligarquía es el colectivismo. La riqueza y los privilegios se

defienden más fácilmente cuando se poseen conjuntamente. La llamada «abolición

de la propiedad privada», que ocurrió a mediados de este siglo, quería decir que la

propiedad iba a concentrarse en un número mucho menor de manos que

anteriormente, pero con esta diferencia: que los nuevos dueños constituirían un

grupo en vez de una masa de individuos. Individualmente, ningún miembro del

Partido posee nada, excepto insignificantes objetos de uso personal.

Colectivamente, el Partido es el dueño de todo lo que hay en Oceanía, porque lo

controla todo y dispone de los productos como mejor se le antoja. En los años que

siguieron, la Revolución pudo ese grupo tomar el mando sin encontrar apenas

oposición porque todo el proceso fue presentado como un acto de colectivización.

Siempre se había dado por cierto que si la clase capitalista era expropiada, el

socialismo se impondría, y era un hecho que los capitalistas habían sido

expropiados. Las fábricas, las minas, las tierras, las casas, los medios de transporte,

todo se les había quitado, y como todo ello dejaba de ser propiedad privada, era

evidente que pasaba a ser propiedad pública. El Ingsoc, procedente del antiguo

socialismo y que había heredado su fraseología, realizó, los principios

fundamentales de ese socialismo, con el resultado previsto y deseado, de que la

desigualdad económica se hizo permanente.

Pero los problemas que plantea la perpetuación de una sociedad jerarquizada

son mucho más complicados. Sólo hay cuatro medios de que un grupo dirigente

sea derribado del Poder. O es vencido desde fuera, o gobierna tan ineficazmente

que las masas se le rebelan, o permite la formación de un grupo medio que lo

pueda desplazar, o pierde la confianza en sí mismo y la voluntad de mando. Estas

causas no operan sueltas, y por lo general se presentan las cuatro combinadas en

cierta medida. El factor que decide en última instancia es la actitud mental de la

propia clase gobernante.

Después de mediados del siglo XX, el primer peligro había desaparecido. No

había posibilidad de una derrota infligida por una Potencia enemiga. Cada uno de

los tres superestados en que ahora se divide el mundo es inconquistable, y sólo

podría llegar a ser conquistado por lentos cambios demográficos, que un Gobierno

con amplios poderes puede evitar muy fácilmente. El segundo peligro es sólo

teórico. Las masas nunca se levantan por su propio impulso y nunca lo harán por

la sola razón de que están oprimidas. Las crisis económicas del pasado fueron

absolutamente innecesarias y ahora no se tolera que ocurran, pero de todos modos

ninguna razón de descontento podrá tener ahora resultados políticos, ya que no

hay modo de que el descontento se articule. En cuanto al problema de la

superproducción, que ha estado latente en nuestra socielad desde el desarrollo del

maquinismo, queda resuelto por el recurso de la guerra continua (véase el capítulo

III), que es también necesaria para mantener la moral pública a un elevado nivel.

Por tanto, desde el punto de vista de nuestros actuales gobernantes, los únicos

peligros auténticos son la aparición de un nuevo grupo de personas muy

capacitadas y ávidas de poder o el crecimiento del espíritu liberal y del

escepticismo en las propias filas gubernamentales. O sea, todo se reduce a un

problema de educación, a moldear continuamente la mentalidad del grupo

dirigente y del que se halla inmediatamente debajo de él. En cambio, la consciencia

de las masas sólo ha de ser influida de un modo negativo.

Con este fondo se puede deducir la estructura general de la sociedad de

Oceanía. En el vértice de la pirámide está el Gran Hermano. Éste es infalible v

todopoderoso. Todo triunfo, todo descubrimiento científico, toda sabiduría, toda

felicidad, toda virtud, se considera que procede directamente de su inspiración y

de su poder. Nadie ha visto nunca al Gran Hermano. Es una cara en los carteles,

una voz en la telepantalla. Podemos estar seguros de que nunca morirá y no hay

manera de saber cuándo nació. El Gran Hermano es la concreción con que el

Partido se presenta al mundo. Su función es actuar como punto de mira para todo

amor, miedo o respeto, emociones que se sienten con mucha mayor facilidad hacia

un individuo que hacia una organización. Detrás del Gran Hermano se halla el

Partido Interior, del cual sólo forman parte seis millones de personas, o sea, menos

del seis por ciento de la población de Oceanía. Después del Partido Interior,

tenernos el Partido Exterior; y si el primero puede ser descrito como «el cerebro del

Estado», el segundo pudiera ser comparado a las manos. Más abajo se encuentra la

masa amorfa de los proles, que constituyen quizá el 85 por ciento de la población.

En los términos de nuestra anterior clasificación, los proles son los Bajos. Y las

masas de esclavos procedentes de las tierras ecuatoriales, que pasan

constantemente de vencedor a vencedor (no olvidemos que «vencedor» sólo debe

ser tomado de un modo relativo) y no forman parte de la población propiamente

dicha.

En principio, la pertenencia a estos tres grupos no es hereditaria. No se

considera que un niño nazca dentro del Partido Interior porque sus padres

pertenezcan a él. La entrada en cada una de las ramas del Partido se realiza

mediante examen a la edad de dieciséis años. Tampoco hay prejuicios raciales ni

dominio de una provincia sobre otra. En los más elevados puestos del Partido

encontramos judíos, negros, sudamericanos de pura sangre india, y los dirigentes

de cualquier —zona proceden siempre de los habitantes de ese área. En ninguna

parte de Oceanía tienen sus habitantes la sensación de ser una población colonial

regida desde una capital remota. Oceanía no tiene capital y su jefe titular es una

persona cuya residencia nadie conoce. No está centralizada en modo alguno,

aparte de que el inglés es su principal lingua franca y que la neolengua es su idioma

oficial. Sus gobernantes no se hallan ligados por lazos de sangre, sino por la

adherencia a una doctrina común. Es verdad que nuestra sociedad se compone de

estratos —una división muy rígida en estratos— ateniéndose a lo que a primera

vista parecen normas hereditarias. Hay mucho menos intercambio entre los

diferentes grupos de lo que había en la época capitalista o en las épocas

preindustriales. Entre las dos ramas del Partido se verifica algún intercambio, pero

solamente lo necesario para que los débiles sean excluidos del Partido Interior y

que los miembros ambiciosos del Partido Exterior pasen a ser inofensivos al subir

de categoría. En la práctica, los proletarios no pueden entrar en el Partido. Los más

dotados de ellos, que podían quizá constituir un núcleo de descontentos, son

fichados por la Policía del Pensamiento y eliminados. Pero semejante estado de

cosas no es permanente ni de ello se hace cuestión de principio. El Partido no es

una clase en el antiguo sentido de la palabra. No se propone transmitir el poder a

sus hijos como tales descendientes directos, y si no hubiera otra manera de

mantener en los puestos de mando a los individuos más capaces, estaría dispuesto

el Partido a reclutar una generación completamente nueva de entre las filas del

proletariado. En los años cruciales, el hecho de que el Partido no fuera un cuerpo

hereditario contribuyó muchísimo a neutralizar la oposición. El socialista de la

vieja escuela, acostumbrado a luchar contra algo que se llamaba «privilegios de

clase», daba por cierto que todo lo que no es hereditario no puede ser permanente.

No comprendía que la continuidad de una oligarquía no necesita ser física ni se

paraba a pensar que las aristocracias hereditarias han sido siempre de corta vida,

mientras que organizaciones basadas en la adopción han durado centenares y

miles de años. Lo esencial de la regla oligárquica no es la herencia de padre a hijo,

sino la persistencia de una cierta manera de ver el mundo y de un cierto modo de

vida impuesto por los muertos a los vivos. Un grupo dirigente es tal grupo

dirigente en tanto pueda nombrarla sus sucesores. El Partido no se preocupa de

perpetuar su sangre, sino de perpetuarse a sí mismo. No importa quién detenta el

Todas las creencias, costumbres, aficiones, emociones y actitudes mentales

que caracterizan a nuestro tiempo sirven para sostener la mística del Partido y

evitar que la naturaleza de la sociedad actual sea percibido por la masa. La

rebelión física o cualquier movimiento preliminar hacia la rebelión no es posible en

nuestros días. Nada hay que temer de los proletarios. Dejados aparte, continuarán,

de generación en generación y de siglo en siglo, trabajando, procreando y

muriendo, no sólo sin sentir impulsos de rebelarse, sino sin la facultad de

comprender que el mundo podría ser diferente de lo que es. Sólo podrían

convertirse en peligrosos si el progreso de la técnica industrial hiciera necesario

educarles mejor; pero como la rivalidad militar y comercial ha perdido toda

importancia, el nivel de la educación popular declina continuamente. Las

opiniones que tenga o no tenga la masa se consideran con absoluta indiferencia. A

los proletarios se les puede conceder la libertad intelectual por la sencilla razón de

que no tienen intelecto alguno. En cambio, a un miembro del Partido no se le

puede tolerar ni siquiera la más pequeña desviación ideológica.

Todo miembro del Partido vive, desde su nacimiento hasta su muerte,

vigilado por la Policía del Pensamiento. Incluso cuando está solo no puede tener la

seguridad de hallarse efectivamente solo. Dondequiera que esté, dormido o

despierto, trabajando o descansando, en el baño o en la cama, puede ser

inspeccionado sin previo aviso y sin que él sepa que lo inspeccionan. Nada de lo

que hace es indiferente para la Policía del Pensamiento. Sus amistades, sus

distracciones, su conducta con su mujer y sus hijos, la expresión de su rostro

cuando se encuentra solo, las palabras que murmura durmiendo, incluso los

movimientos característicos de su cuerpo, son analizados escrupulosamente. No

sólo una falta efectiva en su conducta, sino cualquier pequeña excentricidad,

cualquier cambio de costumbres, cualquier gesto nervioso que pueda ser el

síntoma de una lucha interna, será estudiado con todo interés. El miembro del

Partido carece de toda libertad para decidirse por una dirección determinada; no

puede elegir en modo alguno. Por otra parte, sus actos no están regulados por

ninguna ley ni por un código de conducta claramente formulado. En Oceanía no

existen leyes. Los pensamientos y actos que, una vez descubiertos, acarrean la

muerte segura, no están prohibidos expresamente y las interminables purgas,

torturas, detenciones y vaporizaciones no se le aplican al individuo como castigo

por crímenes que haya cometido, sino que son sencillamente el barrido de

personas que quizás algún día pudieran cometer un crimen político. No sólo se le

exige al miembro del Partido que tenga las opiniones que se consideran buenas,

sino también los instintos ortodoxos. Muchas de las creencias y actitudes que se le

piden no llegan a fijarse nunca en normas estrictas y no podrían ser proclamadas

sin incurrir en flagrantes contradicciones con los principios mismos del Ingsoc. Si

una persona es ortodoxa por naturaleza (en neolengua se le llama piensabien) sabrá

en cualquier circunstancia, sin detenerse a pensarlo, cuál es la creencia acertada o

la emoción deseable. Pero en todo caso, un enfrentamiento mental complicado, que

comienza en la infancia y se concentra en torno a las palabras neolingüísticas

paracrimen, negroblanco y dobíepensar, le convierte en un ser incapaz de pensar

demasiado sobre cualquier tema.

Se espera que todo miembro del Partido carezca de emociones privadas y que

su entusiasmo no se enfríe en ningún momento. Se supone que vive en un

continuo frenesí de odio contra los enemigos extranjeros y los traidores de su

propio país, en una exaltación triunfal de las victorias y en absoluta humildad y

entrega ante el Poder y la sabiduría del Partido. Los descontentos producidos por

esta vida tan seca y poco satisfactoria son suprimidos de raíz mediante la vibración

emocional de los Dos Minutos de Odio, y las especulaciones que podrían quizá

llevar a una actitud escéptica o rebelde son aplastadas en sus comienzos o, mejor

dicho, antes de asomar a la consciencia, mediante la disciplina interna adquirida

desde la niñez. La primera etapa de esta disciplina, que puede ser enseñada

incluso a los niños, se llama en neolengua paracrimen. Paracrimen significa la

facultad de parar, de cortar en seco, de un modo casi instintivo, todo pensamiento

peligroso que pretenda salir a la superficie. Incluye esta facultad la de no percibir

las analogías, de no darse cuenta de los errores de lógica, de no comprender los

razonamientos más sencillos si son contrarios a los principios del Ingsoc de sentirse

fastidiado e incluso asqueado por todo pensamiento orientado en una dirección

herética. Paracrimen equivale, pues, a estupidez protectora. Pero no basta con la

estupidez. Por el contrario, la ortodoxia en su más completo sentido exige un

control sobre nuestros procesos mentales, un autodominio tan completo como el

de una contorsionista sobre su cuerpo. La sociedad oceánica se apoya en definitiva

sobre la creencia de que el Gran Hermano es omnipotente y que el Partido es

infalible. Pero como en realidad el Gran Hermano no es omnipotente y el Partido

no es infalible, se requiere una incesante flexibilidad para enfrentarse con los

hechos. La palabra clave en esto es negroblanco. Como tantas palabras

neolingüísticas, ésta tiene dos significados contradictorios. Aplicada a un contrario,

significa la costumbre de asegurar descaradamente que lo negro es blanco en

contradicción con la realidad de los hechos. Aplicada a un miembro del Partido

significa la buena y leal voluntad de afirmar que lo negro es blanco cuando la

disciplina del Partido lo exija. Pero también se designa con esa palabra la facultad

de creer que lo negro es blanco, más aún, de saber que lo negro es blanco y olvidar

que alguna vez se creyó lo contrario. Esto exige una continua alteración del

pasado, posible gracias al sistema de pensamiento que abarca a todo lo demás y

que se conoce con el nombre de doblepensar.

La alteración del pasado es necesaria por dos razones, una de las cuales es

subsidiaria y, por decirlo así, de precaución. La razón subsidiaria es que el

miembro del Partido, lo mismo que el proletario, tolera las condiciones de vida

actuales, en gran parte porque no tiene con qué compararlas. Hay que cortarle

radicalmente toda relación con el pasado, así como hay que aislarlo de los países

extranjeros, porque es necesario que se crea en mejores condiciones que sus

antepasados y que se haga la ilusión de que el nivel de comodidades materiales

crece sin cesar. Pero la razón más importante para «reformar» el pasado es la

necesidad de salvaguardar la infalibilidad del Partido. No solamente es preciso

poner al día los discursos, estadísticas y datos de toda clase para demostrar que las

predicciones del Partido nunca fallan, sino que no puede admitirse en ningún caso

que la doctrina política del Partido haya cambiado lo más mínimo porque

cualquier variación de táctica política es una confesión de debilidad. Si, por

ejemplo, Eurasia o Asia Orienta¡ es la enemiga de hoy, es necesario que ese país (el

que sea de los dos, según las circunstancias) figure como el enemigo de siempre. Y

si los hechos demuestran otra cosa, habrá que cambiar los hechos. Así, la Historia

ha de ser escrita continuamente. Esta falsificación diaria del pasado, realizada por

el Ministerio de la Verdad, es tan imprescindible para la estabilidad del régimen

como la represión y el espionaje efectuados por el Ministerio del Amor.

La mutabilidad del pasado es el eje del Ingsoc. Los acontecimientos pretéritos

no tienen existencia objetiva, sostiene el Partido, sino que sobreviven sólo en los

documentos y en las memorias de los hombres. El pasado es únicamente lo que

digan los testimonios escritos y la memoria humana. Pero como quiera que el

Partido controla por completo todos los documentos y también la mente de todos

sus miembros, resulta que el pasado será lo que el Partido quiera que sea. También

resulta que aunque el pasado puede ser cambiado, nunca lo ha sido en ningún caso

concreto. En efecto, cada vez que ha habido que darle nueva forma por las

exigencias del momento, esta nueva versión es ya el pasado y no ha existido ningún

pasado diferente. Esto sigue siendo así incluso cuando —como ocurre a menudo—

el mismo acontecimiento tenga que ser alterado, hasta hacerse irreconocible, varias

veces en el transcurso de un año. En cualquier momento se halla el Partido en

posesión de la verdad absoluta y, naturalmente, lo absoluto no puede haber sido

diferente de lo que es ahora. Se verá, pues, que el control del pasado depende por

completo del entrenamiento de la memoria. La seguridad de que todos los escritos

están de acuerdo con el punto de vista ortodoxo que exigen las circunstancias, no

es más que una labor mecánica. Pero también es preciso recordar que los

acontecimientos ocurrieron de la manera deseada. Y si es necesario adaptar de

nuevo nuestros recuerdos o falsificar los documentos, también es necesario olvidar

que se ha hecho esto. Este truco puede aprenderse como cualquier otra técnica

www.philosophia.cl / Escuela de Filosofía Universidad ARCIS.

mental. La mayoría de los miembros del Partido lo aprenden y desde luego lo

consiguen muy bien todos aquellos que son inteligentes además de ortodoxos. En

el antiguo idioma se conoce esta operación con toda franqueza como «control de la

realidad». En neolengua se le llama doblepensar, aunque también es verdad que

doblepensar comprende muchas cosas.

Doblepensar significa el poder, la facultad de sostener dos opiniones

contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la

mente. El intelectual del Partido sabe en qué dirección han de ser alterados sus

recuerdos; por tanto, sabe que está trucando la realidad; pero al mismo tiempo se

satisface a sí mismo por medio del ejercicio del doblepensar en el sentido de que la

realidad no queda violada. Este proceso ha de ser consciente, pues, si no, no se

verificaría con la suficiente precisión, pero también tiene que ser inconsciente para

que no deje un sentimiento de falsedad y, por tanto, de culpabilidad. El doblepensar

está arraigando en el corazón mismo del Ingsoc, ya que el acto esencial del Partido

es el empleo del engaño consciente, conservando a la vez la firmeza de propósito

que caracteriza a la auténtica honradez. Decir mentiras a la vez que se cree

sinceramente en ellas, olvidar todo hecho que no convenga recordar, y luego,

cuando vuelva a ser necesario, sacarlo del olvido sólo por el tiempo que convenga,

negar la existencia de la realidad objetiva sin dejar ni por un momento de saber

que existe esa realidad que se niega…. todo esto es indispensable. Incluso para usar

la palabra doblepensar es preciso emplear el doblepensar. Porque para usar la

palabra se admite que se están haciendo trampas con la realidad. Mediante un

nuevo acto de doblepensar se borra este conocimiento; y así indefinidamente,

manteniéndose la mentira siempre unos pasos delante de la verdad. En definitiva,

gracias al doblepensar ha sido capaz el Partido —y seguirá siéndolo durante miles

de años— de parar el curso de la Historia.

Todas las oligarquías del pasado han perdido el poder porque se

anquilosaron o por haberse reblandecido excesivamente. O bien se hacían

estúpidas y arrogantes, incapaces de adaptarse a las nuevas circunstancias, y eran

vencidas, o bien se volvían liberales y cobardes, haciendo concesiones cuando

debieron usar la fuerza, y también fueron derrotadas. Es decir, cayeron por exceso

de consciencia o por pura inconsciencia. El gran éxito del Partido es haber logrado

un sistema de pensamiento en que tanto la consciencia como la inconsciencia

pueden existir simultáneamente. Y ninguna otra base intelectual podría servirle al

Partido para asegurar su permanencia. Si uno ha de gobernar, y de seguir

gobernando siempre, es imprescindible que desquicie el sentido de la realidad.

Porque el secreto del gobierno infalible consiste en combinar la creencia en la

propia infalibilidad con la facultad de aprender de los pasados errores.

No es preciso decir que los más sutiles cultivadores del doblepensar son

aquellos que lo inventaron y que saben perfectamente que este sistema es la mejor

organización del engaño mental. En nuestra sociedad, aquellos que saben mejor lo

que está ocurriendo son a la vez los que están más lejos de ver al mundo como

realmente es. En general, a mayor comprensión, mayor autoengaño: los más

inteligentes son en esto los menos cuerdos. Un claro ejemplo de ello es que la

histeria de guerra aumenta en intensidad a medida que subimos en la escala social.

Aquellos cuya actitud hacia la guerra es más racional son los súbditos de los

territorios disputados. Para estas gentes, la guerra es sencillamente una calamidad

continua que pasa por encima de ellos con movimiento de marca. Para ellos es

completamente indiferente cuál de los bandos va a ganar. Saben que un cambio de

dueño significa sólo que seguirán haciendo el mismo trabajo que antes, pero

sometidos a nuevos amos que los tratarán lo mismo que los anteriores. Los

trabajadores algo más favorecidos, a los que llamamos proles, sólo se dan cuenta

de un modo intermitente de que hay guerra. Cuando es necesario se les inculca el

frenesí de odio y miedo, pero si se les deja tranquilos son capaces de olvidar

durante largos períodos que existe una guerra. Y en las filas del Partido sobre todo

en las del Partido Interior hallarnos el verdadero entusiasmo bélico. Sólo creen en

la conquista del mundo los que saben que es imposible. Esta peculiar trabazón de

elementos opuestos —conocimiento con ignorancia, cinismo con fanatismo— es

una de las características distintivas de la sociedad oceánica. La ideología oficial

abunda en contradicciones incluso cuando no hay razón alguna que las justifique.

Así, el Partido rechaza y vilifica todos los principios que defendió en un principio

el movimiento socialista, y pronuncia esa condenación precisamente en nombre del

socialismo. Predica el desprecio de las clases trabajadoras. Un desprecio al que

nunca se había llegado, y a la vez viste a sus miembros con un uniforme que fue en

tiempos el distintivo de los obreros manuales y que fue adoptado por esa misma

razón. Sistemáticamente socava la solidaridad de la familia y al mismo tiempo

llama a su jefe supremo con un nombre que es una evocación de la lealtad familiar.

Incluso los nombres de los cuatro ministerios que los gobiernan revelan un gran

descaro al tergiversar deliberadamente los hechos. El Ministerio de la Paz se ocupa

de la guerra; El Ministerio de la Verdad, de las mentiras; el Ministerio del Amor, de

la tortura, y el Ministerio de la Abundancia, del hambre. Estas contradicciones no

son accidentales, no resultan de la hipocresía corriente. Son ejercicios de

doblepensar. Porque sólo mediante la reconciliación de las contradicciones es

posible retener el mando indefinidamente. Si no, se volvería al antiguo ciclo. Si la

igualdad humana ha de ser evitada para siempre, si los Altos, como los hemos

llamado, han de conservar sus puestos de un modo permanente, será

imprescindible que el estado mental predominante sea la locura controlada.

Pero hay una cuestión que hasta ahora hemos dejado a un lado. A saber: ¿por

qué debe ser evitada la igualdad humana? Suponiendo que la mecánica de este

proceso haya quedado aquí claramente descrita, debemos preguntamos ¿cuál es el

motivo de este enorme y minucioso esfuerzo planeado para congelar la historia de

un determinado momento?

Llegamos con esto al secreto central. Como hemos visto, la mística del

Partido, y sobre todo la del Partido Interior, depende del doblepensar. Pero a más

profundidad aún, se halla el motivo central, el instinto nunca puesto en duda, el

instinto que los llevó por primera vez a apoderarse de los mandos y que produjo el

doblepensar, la Policía del Pensamiento, la guerra continua y todos los demás

elementos que se han hecho necesarios para el sostenimiento del Poder. Este

motivo consiste realmente en…

CAPITULO III

La guerra es la paz

La desintegración del mundo en tres grandes superestados fue un acontecimiento que pudo haber sido previsto —y que en realidad lo fue antes de mediar el siglo XX. Al ser absorbida Europa por Rusia y el Imperio Británico por los Estados Unidos, habían nacido ya en esencia dos de los tres poderes ahora existentes, Eurasia y Oceanía. El tercero, Asia Oriental, sólo surgió como unidad aparte después de otra década de confusa lucha.

Las fronteras entre los tres superestados son arbitrarias en algunas zonas y en otras fluctúan según los altibajos de la guerra, pero en general se atienen a líneas geográficas. Eurasia comprende toda la parte norte de la masa terrestre europea y asiática, desde

Portugal hasta el Estrecho de Bering. Oceanía comprende las Américas, las islas del

Atlántico, incluyendo a las Islas Británicas, Australasia y África meridional. Asia

Oriental, potencia más pequeña que las otras y con una frontera occidental menos

definida, abarca China y los países que se hallan al sur de ella, las islas del Japón y

una amplia y fluctuante porción de Manchuria, Mongolia y el Tibet.

Estos tres superestados, en una combinación o en otra, están en guerra

permanente y llevan así veinticinco años. Sin embargo, ya no es la guerra aquella

lucha desesperada y aniquiladora que era en las primeras décadas del siglo XX. Es

una lucha por objetivos limitados entre combatientes incapaces de destruirse unos

a otros, sin una causa material para luchar y que no se hallan divididos por

diferencias ideológicas claras. Esto no quiere decir que la conducta en la guerra ni

la actitud hacia ella sean menos sangrientas ni más caballerosas. Por el contrario, el

histerismo bélico es continuo v universal, y las violaciones, los saqueos, la matanza

de niños, la esclavización de poblaciones enteras y represalias contra los

prisioneros hasta el punto de quemarlos y enterrarlos vivos, se consideran

normales, y cuando esto no lo comete el enemigo sino el bando propio, se estima

meritorio. Pero en un sentido físico, la guerra afecta a muy pocas personas, la

mayoría especialistas muy bien preparados, y causa pocas bajas relativamente.

Cuando hay lucha, tiene lugar en confusas fronteras que el hombre medio apenas

puede situar en un mapa o en torno a las fortalezas flotantes que guardan los

lugares estratégicos en el mar. En los centros de civilización la guerra no significa

más que una continua escasez de víveres y alguna que otra bomba cohete que

puede causar unas veintenas de víctimas. En realidad, la guerra ha cambiado de

carácter. Con más exactitud, puede decirse que ha variado el orden de importancia

de las razones que determinaban una guerra. Se han convertido en dominantes y

son reconocidos conscientemente motivos que ya estaban latentes en las grandes

guerras de la primera mitad del siglo XX.

Para comprender la naturaleza de la guerra actual —pues, a pesar del

reagrupamiento que ocurre cada pocos años, siempre es la misma guerra— hay

que darse cuenta en primer lugar de que esta guerra no puede ser decisiva.

Ninguno de los tres superestados podría ser conquistado definitivamente ni

siquiera por los otros dos en combinación. Sus fuerzas están demasiado bien

equilibradas. Y sus defensas son demasiado poderosas. Eurasia está protegida por

sus grandes espacios terrestres, Oceanía por la anchura del Atlántico y del Pacífico,

Asia Oriental por la fecundidad y laboriosidad de sus habitantes. Además, ya no

hay nada por qué luchar. Con las economías autárquicas, la lucha por los

mercados, que era una de las causas principales de las guerras anteriores, ha

dejado de tener sentido, y la competencia por las materias primas ya no es una

cuestión de vida o muerte. Cada uno de los tres superestados es tan inmenso que

puede obtener casi todas las materias que necesita dentro de sus propias fronteras.

Si acaso, se propone la guerra el dominio del trabajo. Entre las fronteras de los

superestados, y sin pertenecer de un modo permanente a ninguno de ellos, se

extiende un cuadrilátero, con sus ángulos en Tánger, Brazzaville, Darwin y

Hong—Kong, que contiene casi una quinta parte de la población de la Tierra. Las

tres potencias luchan constantemente por la posesión de estas regiones

densamente pobladas, así como por las zonas polares. En la práctica, ningún poder

controla totalmente esa área disputada. Porciones de ella están cambiando a cada

momento de manos, y lo que en realidad determina los súbitos y múltiples

cambios de afianzas es la posibilidad de apoderarse de uno u otro pedazo de tierra

mediante una inesperada traición.

Todos esos territorios disputados contienen valiosos minerales y algunos de

ellos producen ciertas cosas, como la goma, que en los climas fríos es preciso

sintetizar por métodos relativamente caros. Pero, sobre todo, proporcionan una

inagotable reserva de mano de obra muy barata. La potencia que controle el África

Ecuatorial, los países del Oriente Medio, la India Meridional o el Archipiélago

Indonesio, dispone también de centenares de millones de trabajadores mal

pagados y muy resistentes. Los habitantes de esas regiones, reducidos más o

menos abiertamente a la condición de esclavos, pasan continuamente de un

conquistador a otro y son empleados como carbón o aceite en la carrera de

armamento, armas que sirven para capturar más territorios y ganar así más mano

de obra, con lo cual se pueden tener más armas que servirán para conquistar más

territorios, y así indefinidamente. Es interesante observar que la lucha nunca

sobrepasa los límites de las zonas disputadas. Las fronteras de Eurasia avanzan y

retroceden entre la cuenca del Congo y la orilla septentrional del Mediterráneo; las

islas del Océano Indico y del Pacífico son conquistadas y reconquistadas

constantemente por Oceanía y por Asia Oriental; en Mongolia, la línea divisoria

entre Eurasia y Asia Oriental nunca es estable; en torno al Polo Norte, las tres

potencias reclaman inmensos territorios en su mayor parte inhabitados e

inexplorados; pero el equilibrio de poder no se altera apenas con todo ello y el

territorio que constituye el suelo patrio de cada uno de los tres superestados nunca

pierde su independencia. Además, la mano de obra de los pueblos explotados

alrededor del Ecuador no es verdaderamente necesaria para la economía mundial.

Nada atañe a la riqueza del mundo, ya que todo lo que produce se dedica a fines

de guerra, y el objeto de prepararse para una guerra no es más que ponerse en

situación de emprender otra guerra. Las poblaciones esclavizadas permiten, con su

trabajo, que se acelere el ritmo de la guerra. Pero si no existiera ese refuerzo de

trabajo, la estructura de la sociedad y el proceso por el cual ésta se mantiene no

variarían en lo esencial.

La finalidad principal de la guerra moderna (de acuerdo con los principios

del doblepensar) la reconocen y, a la vez, no la reconocen, los cerebros dirigentes

del Partido Interior. Consiste en usar los productos de las máquinas sin elevar por

eso el nivel general de la vida. Hasta fines del siglo XIX había sido un problema

latente de la sociedad industrial qué había de hacerse con el sobrante de los

artículos de consumo. Ahora, aunque son pocos los seres humanos que pueden

comer lo suficiente, este problema no es urgente y nunca podría tener caracteres

graves aunque no se emplearan procedimientos artificiales para destruir esos

productos. El mundo de hoy, si lo comparamos con el anterior a 1914, está

desnudo, hambriento y lleno de desolación; y aún más si lo comparamos con el

futuro que las gentes de aquella época esperaba. A principios del siglo XX la visión

de una sociedad futura increíblemente rica, ordenada, eficaz y con tiempo para

todo —un reluciente mundo antiséptico de cristal, acero y cemento, un mundo de

nívea blancura— era el ideal de casi todas las personas cultas. La ciencia y la

tecnología se desarrollaban a una velocidad prodigiosa y parecía natural que este

desarrollo no se interrumpiera jamás. Sin embargo, no continuó el perfeccionamiento, en parte por el empobrecimiento causado por una larga serie de guerras y revoluciones, y en parte porque el progreso científico y técnico se basaba en un hábito empírico de pensamiento que no podía existir en una sociedad estrictamente reglamentada. En conjunto, el mundo es hoy más primitivo que hace cincuenta años. Algunas zonas secundarias han progresado y se han realizado algunos perfeccionamientos, ligados siempre a la guerra y al espionaje policiaco, pero los experimentos científicos y los inventos no han seguido su curso y los destrozos causados por la guerra atómica de los años cincuenta y tantos nunca llegaron a ser reparados. No obstante, perduran los peligros del maquinismo. Cuando aparecieron las grandes máquinas, se pensó, lógicamente, que cada vez haría menos falta la servidumbre del trabajo y que esto contribuiría en gran medida a suprimir las desigualdades en la condición humana. Si las máquinas eran empleadas deliberadamente con esa finalidad, entonces el hambre, la suciedad, el analfabetismo, las enfermedades y el cansancio serían necesariamente eliminados al cabo de unas cuantas generaciones. Y, en realidad, sin ser empleada con esa finalidad, sino sólo por un proceso automático —produciendo riqueza que no

había más remedio que distribuir—, elevó efectivamente la máquina el nivel de

vida de las gentes que vivían a mediados de siglo. Estas gentes vivían muchísimo

mejor que las de fines del siglo XIX.

Pero también resultó claro que un aumento de bienestar tan extraordinario

amenazaba con la destrucción —era ya, en sí mismo, la destrucción— de una

sociedad jerárquica. En un mundo en que todos trabajaran pocas horas, tuvieran

bastante que comer, vivieran en casas cómodas e higiénicas, con cuarto de baño,

calefacción y refrigeración, y poseyera cada uno un auto o quizás un aeroplano,

habría desaparecido la forma más obvia e hiriente de desigualdad. Si la riqueza

llegaba a generalizarse, no serviría para distinguir a nadie. Sin duda, era posible

imaginarse una sociedad en que la riqueza, en el sentido de posesiones y lujos

personales, fuera equitativamente distribuida mientras que el poder siguiera en

manos de una minoría, de una pequeña casta privilegiada. Pero, en la práctica,

semejante sociedad no podría conservarse estable, porque si todos disfrutasen por

igual del lujo y del ocio, la gran masa de seres humanos, a quienes la pobreza suele

imbecilizar, aprenderían muchas cosas y empezarían a pensar por sí mismos; y si

empezaran a reflexionar, se darían cuenta más pronto o más tarde que la minoría

privilegiada no tenía derecho alguno a imponerse a los demás y acabarían

, una sociedad jerárquica sólo sería posible basándose en la

pobreza y en la ignorancia. Regresar al pasado agrícola —como querían algunos

pensadores de principios de este siglo— no era una solución práctica, puesto que

estaría en contra de la tendencia a la mecanización, que se había hecho casi

instintiva en el mundo entero, y, además, cualquier país que permaneciera

atrasado industrialmente sería inútil en un sentido militar y caería antes o después

bajo el dominio de un enemigo bien armado.

Tampoco era una buena solución mantener la pobreza de las masas

restringiendo la producción. Esto se practicó en gran medida entre 1920 y 1940.

Muchos países dejaron que su economía se anquilosara. No se renovaba el material

indispensable para la buena marcha de las industrias, quedaban sin cultivar las

tierras, y grandes masas de población, sin tener en qué trabajar, vivían de la

caridad del Estado. Pero también esto implicaba una debilidad militar, y como las

privaciones que infligía eran innecesarias, despertaba inevitablemente una gran

oposición. El problema era mantener en marcha las ruedas de la industria sin

aumentar la riqueza real del mundo. Los bienes habían de ser producidos, pero no

distribuidos. Y, en la práctica, la única manera de lograr esto era la guerra

continua.

El acto esencial de la guerra es la destrucción, no forzosamente de vidas

humanas, sino de los productos del trabajo. La guerra es una manera de pulverizar

o de hundir en el fondo del mar los materiales que en la paz constante podrían

emplearse para que las masas gozaran de excesiva comodidad y, con ello, se

hicieran a la larga demasiado inteligentes. Aunque las armas no se destruyeran, su

fabricación no deja de ser un método conveniente de gastar trabajo sin producir

nada que pueda ser consumido. En una fortaleza flotante, por ejemplo, se emplea

el trabajo que hubieran dado varios centenares de barcos de carga. Cuando se

queda anticuada, y sin haber producido ningún beneficio material para nadie, se

construye una nueva fortaleza flotante mediante un enorme acopio de mano de

obra. En principio, el esfuerzo de guerra se planea para consumir todo lo que sobre

después de haber cubierto unas mínimas necesidades de la población. Este mínimo

se calcula siempre en mucho menos de lo necesario, de manera que hay una

escasez crónica de casi todos los artículos necesarios para la vida, lo cual se

considera como una ventaja. Constituye una táctica deliberada mantener incluso a

los grupos favorecidos al borde de la escasez, porque un estado general de escasez

aumenta la importancia de los pequeños privilegios y hace que la distinción entre

un grupo y otro resulte más evidente. En comparación con el nivel de vida de

principios del siglo XX, incluso los miembros del Partido Interior llevan una vida

austera y laboriosa. Sin embargo, los pocos lujos que disfrutan —un buen piso,

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mejores telas, buena calidad del alimento, bebidas y tabaco, dos o tres criados, un

auto o un autogiro privado— los colocan en un mundo diferente del de los

miembros del Partido Exterior, y estos últimos poseen una ventaja similar en

comparación con las masas sumergidas, a las que llamamos «los proles». La

atmósfera social es la de una ciudad sitiada, donde la posesión de un trozo de

carne de caballo establece la diferencia entre la riqueza y la pobreza. Y, al mismo

tiempo, la idea de que se está en guerra, y por tanto en peligro, hace que la entrega

de todo el poder a una reducida casta parezca la condición natural e inevitable

para sobrevivir.

Se verá que la guerra no sólo realiza la necesaria distinción, sino que la

efectúa de un modo aceptable psicológicamente. En principio, sería muy sencillo

derrochar el trabajo sobrante construyendo templos y pirámides, abriendo zanjas y

volviéndolas a llenar o incluso produciendo inmensas cantidades de bienes y

prendiéndoles fuego. Pero esto sólo daría la base económica y no la emotiva para

una sociedad jerarquizada. Lo que interesa no es la moral de las masas, cuya

actitud no importa mientras se hallen absorbidas por su trabajo, sino la moral del

Partido mismo. Se espera que hasta el más humilde de los miembros del Partido

sea competente, laborioso e incluso inteligente —siempre dentro de límites

reducidos, claro está—, pero siempre es preciso que sea un fanático ignorante y

crédulo en el que prevalezca el miedo, el odio, la adulación y una continua

sensación orgiástico de triunfo. En otras palabras, es necesario que ese hombre

posea la mentalidad típica de la guerra. No importa que haya o no haya guerra y,

ya que no es posible una victoria decisiva, tampoco importa si la guerra va bien o

mal. Lo único preciso es que exista un estado de guerra. La desintegración de la

inteligencia especial que el Partido necesita de sus miembros, y que se logra mucho

mejor en una atmósfera de guerra, es ya casi universal, pero se nota con más

relieve a medida que subimos en la escala jerárquica. Precisamente es en el Partido

Interior donde la histeria bélica y el odio al enemigo son más intensos. Para ejercer

bien sus funciones administrativas, se ve obligado con frecuencia el miembro del

Partido Interior a saber que esta o aquella noticia de guerra es falsa y puede saber

muchas veces que una pretendida guerra o no existe o se está realizando con fines

completamente distintos a los declarados. Pero ese conocimiento queda

neutralizado fácilmente mediante la técnica del doblepensar. De modo que ningún

miembro del Partido Interior vacila ni un solo instante en su creencia mística de

que la guerra es una realidad y que terminará victoriosamente con el dominio

indiscutible de Oceanía sobre el mundo entero.

Todos los miembros del Partido Interior creen en esta futura victoria total

como en un artículo de fe. Se conseguirá, o bien paulatinamente mediante la

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adquisición de más territorios sobre los que se basará una aplastante

preponderancia, o bien por el descubrimiento de algún arma secreta. Continúa sin

cesar la búsqueda de nuevas armas, y ésta es una de las poquísimas actividades en

que todavía pueden encontrar salida la inventiva y las investigaciones científicas.

En la Oceanía de hoy la ciencia en su antiguo sentido ha dejado casi de existir. En

neolengua no hay palabra para ciencia. El método empírico de pensamiento, en el

cual se basaron todos los adelantos científicos del pasado, es opuesto a los

principios fundamentales de Ingsoc. E incluso el progreso técnico sólo existe

cuando sus productos pueden ser empleados para disminuir la libertad humana.

Las dos finalidades del Partido son conquistar toda la superficie de la Tierra y

extinguir de una vez para siempre la posibilidad de toda libertad del pensamiento.

Hay, por tanto, dos grandes problemas que ha de resolver el Partido. Uno es el de

descubrir, contra la voluntad del interesado, lo que está pensando determinado ser

humano, y el otro es cómo suprimir, en pocos segundos y sin previo aviso, a varios

centenares de millones de personas. Éste es el principal objetivo de las

investigaciones científicas. El hombre de ciencia actual es una mezcla de psicólogo

y policía que estudia con extraordinaria minuciosidad el significado de las

expresiones faciales, gestos y tonos de voz, los efectos de las drogas que obligan a

decir la verdad, la terapéutica del shock, del hipnotismo y de la tortura física; y si es

un químico, un físico o un biólogo, sólo se preocupará por aquellas ramas que

dentro de su especialidad sirvan para matar. En los grandes laboratorios del

Ministerio de la Paz, en las estaciones experimentales ocultas en las selvas

brasileñas, en el desierto australiano o en las islas perdidas del Atlántico, trabajan

incansablemente los equipos técnicos. Unos se dedican sólo a planear la logística

de las guerras futuras; otros, a idear bombas cohete cada vez mayores, explosivos

cada vez más poderosos y corazas cada vez más impenetrables; otros buscan gases

más mortíferos o venenos que puedan ser producidos en cantidades tan inmensas

que destruyan la vegetación de todo un continente, o cultivan gérmenes

inmunizados contra todos los posibles antibióticos; otros se esfuerzan por producir

un vehículo que se abra paso por la tierra como un submarino bajo el agua, o un

aeroplano tan independiente de su base como un barco en el mar, otros exploran

posibilidades aún más remotas, como la de concentrar los rayos del sol mediante

gigantescas lentes suspendidas en el espacio a miles de kilómetros, o producir

terremotos artificiales utilizando el calor del centro de la Tierra.

Pero ninguno de estos proyectos se aproxima nunca a su realización, y

ninguno de los tres superestados adelanta a los otros dos de un modo definitivo.

Lo más notable es que las tres potencias tienen ya, con la bomba atómica, un arma

mucho más poderosa que cualquiera de las que ahora tratan de convertir en

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realidad. Aunque el Partido, según su costumbre, quiere atribuirse el invento, las

bombas atómicas aparecieron por primera vez a principios de los años cuarenta y

tantos de este siglo y fueron usadas en gran escala unos diez años después. En

aquella época cayeron unos centenares de bombas en los centros industriales,

principalmente de la Rusia Europea, Europa Occidental y Norteamérica. El objeto

perseguido era convencer a los gobernantes de todos los países que unas cuantas

bombas más terminarían con la sociedad organizada y por tanto con su poder. A

partir de entonces, y aunque no se llegó a ningún acuerdo formal, no se arrojaron

más bombas atómicas. Las potencias actuales siguen produciendo bombas

atómicas y almacenándolas en espera de la oportunidad decisiva que todos creen

llegará algún día. Mientras tanto, el arte de la guerra ha permanecido estacionado

durante treinta o cuarenta años. Los autogiros se usan más que antes, los aviones

de bombardeo han sido sustituidos en gran parte por los proyectiles

autoimpulsados y el frágil tipo de barco de guerra fue reemplazado por las

fortalezas flotantes, casi imposibles de hundir. Pero, aparte de ello, apenas ha

habido adelantos bélicos. Se siguen usando el tanque, el submarino, el torpedo, la

ametralladora e incluso el rifle y la granada de mano. Y, a pesar de las

interminables matanzas comunicadas por la Prensa y las telepantallas, las

desesperadas batallas de las guerras anteriores en las cuales morían en pocas

semanas centenares de miles e incluso millones de hombres— no han vuelto a

repetirse.

Ninguno de los tres superestados intenta nunca una maniobra que suponga el

riesgo de una seria derrota. Cuando se lleva a cabo una operación de grandes

proporciones, suele tratarse de un ataque por sorpresa contra un aliado. La

estrategia que siguen los tres superestados —o que pretenden seguir es la misma.

Su plan es adquirir, mediante una combinación, un anillo de bases que rodee

completamente a uno de los estados rivales para firmar luego un pacto de amistad

con ese rival y seguir en relaciones pacíficas con él durante el tiempo que sea

preciso para que se confíen. En este tiempo, se almacenan bombas atómicas en los

sitios estratégicos. Esas bombas, cargadas en los cohetes, serán disparadas algún

día simultáneamente, con efectos tan devastadores que no habrá posibilidad de

respuesta. Entonces se firmará un pacto de amistad con la otra potencia, en

preparación de un nuevo ataque. No es preciso advertir que este plan es un

ensueño de imposible realización. Nunca hay verdadera lucha a no ser en las zonas

disputadas en el Ecuador y en los Polos: no hay invasiones del territorio enemigo.

Lo cual explica que en algunos sitios sean arbitrarias las fronteras entre los

superestados. Por ejemplo, Eurasia podría conquistar fácilmente las Islas

Británicas, que forman parte, geográficamente, de Europa, y también sería posible

para Oceanía avanzar sus fronteras hasta el Rin e incluso hasta el Vístula. Pero esto

violaría el principio —seguido por todos los bandos, aunque nunca formulado—

de la integridad cultural. Así, si Oceanía conquistara las áreas que antes se

conocían con los nombres de Francia y Alemania, sería necesario exterminar a

todos sus habitantes —tarea de gran dificultad física o asimilarse una población de

un centenar de millones de personas que, en lo técnico, están a la misma altura que

los oceánicos. El problema es el mismo para todos los superestados, siendo

absolutamente imprescindible aue su estructura no entre en contacto con

extranjeros, excepto en reducidas proporciones con prisioneros de guerra y

esclavos de color. Incluso el aliado oficial del momento es considerado con mucha

suspicacia. El ciudadano medio de Oceanía nunca ve a un ciudadano de Eurasia ni

de Asia Oriental —aparte de los prisioneros— y se le prohibe que aprenda lenguas

extranjeras. Si se le permitiera entrar en relación con extranjeros, descubriría que

son criaturas iguales a él en lo esencial y que casi todo lo que se le ha dicho sobre

ellos es una sarta de mentiras. Se rompería así el mundo cerrado y en que vive y

quizá desaparecieran el miedo, el odio y la rigidez fanática en que se basa su

moral. Se admite, por tanto, en los tres Estados que por mucho que cambien de

manos Persia, Egipto, Java o Ceilán, las fronteras principales nunca podrán ser

cruzadas más que por las bombas.

Bajo todo esto hallamos un hecho al que nunca se alude, pero admitido

tácitamente y sobre el que se basa toda conducta oficial, a saber: que las

condiciones de vida de los tres superestados son casi las mismas. En Oceanía

prevalece la ideología llamada Ingsoc, en Eurasia el neobolchevismo y en Asia

Oriental lo que se conoce por un nombre chino que suele traducirse por «adoración

de la muerte», pero que quizá quedaría mejor expresado como «desaparición del

yo». Al ciudadano de Oceanía no se le permite saber nada de las otras dos

ideologías, pero se le enseña a condenarlas como bárbaros insultos contra la

moralidad y el sentido común. La verdad es que apenas pueden distinguirse las

tres ideologías, y los sistemas sociales que ellas soportan son los mismos. En los

tres existe la misma estructura piramidal, idéntica adoración a un jefe semidivino,

la misma economía orientada hacia una guerra continua. De ahí que no sólo no

puedan conquistarse mutuamente los tres superestados, sino que no tendrían

ventaja alguna si lo consiguieran. Por el contrario, se ayudan mutuamente

manteniéndose en pugna. Y los grupos dirigentes de las tres Potencias saben y no

saben, a la vez, lo que están haciendo. Dedican sus vidas a la conquista del mundo,

pero están convencidos al mismo tiempo de que es absolutamente necesario que la

guerra continúe eternamente sin ninguna victoria definitiva. Mientras tanto, el

hecho de que no hay peligro de conquista hace posible la denegación sistemática

de la realidad, que es la característica principal del Ingsoc y de sus sistemas rivales.

Y aquí hemos de repetir que, al hacerse continua, la guerra ha cambiado

fundamentalmente de carácter.

En tiempos pasados, una guerra, casi por definición, era algo que más pronto

o más tarde tenía un final; generalmente, una clara victoria o una derrota

indiscutible. Además, en el pasado, la guerra era uno de los principales

instrumentos con que se mantenían las sociedades humanas en contacto con la

realidad física. Todos los gobernantes de todas las épocas intentaron imponer un

falso concepto del mundo a sus súbditos, pero no podían fomentar ilusiones que

perjudicasen la eficacia militar. Como quiera que la derrota significaba la pérdida

de la independencia o cualquier otro resultado indeseable, habían de tomar serias

precauciones para evitar la derrota. Estos hechos no podían ser ignorados. Aun

admitiendo que en filosofía, en ciencia, en ética o en política dos y dos pudieran ser

cinco, cuando se fabricaba un cañón o un aeroplano tenían que ser cuatro. Las

naciones mal preparadas acababan siempre siendo conquistadas, y la lucha por

una mayor eficacia no admitía ilusiones. Además, para ser eficaces había que

aprender del pasado, lo cual suponía estar bien enterado de lo ocurrido en épocas

anteriores. Los periódicos y los libros de historia eran parciales, naturalmente, pero

habría sido imposible una falsificación como la que hoy se realiza. La guerra era

una garantía de cordura. Y respecto a las clases gobernantes, era el freno más

seguro. Nadie podía ser, desde el poder, absolutamente irresponsable desde el

momento en que una guerra cualquiera podía ser ganada o perdida.

Pero cuando una guerra se hace continua, deja de ser peligrosa porque

desaparece toda necesidad militar. El progreso técnico puede cesar y los hechos

más palpables pueden ser negados o descartados como cosas sin importancia. Lo

único eficaz en Oceanía es la Policía del Pensamiento. Como cada uno de los tres

superestados es inconquistable, cada uno de ellos es, por tanto, un mundo

separado dentro del cual puede ser practicada con toda tranquilidad cualquier

perversión mental. La realidad sólo ejerce su presión sobre las necesidades de la

vida cotidiana: la necesidad de comer y de beber, de vestirse y tener un techo, de

no beber venenos ni caerse de las ventanas, etc… Entre la vida y la muerte, y entre

el placer físico y el dolor físico, sigue habiendo una distinción, pero eso es todo.

Cortados todos los contactos con el mundo exterior y con el pasado, el ciudadano

de Oceanía es como un hombre en el espacio interestelar, que no tiene manera de

saber por dónde se va hacia arriba y por dónde hacia abajo. Los gobernantes de un

Estado como éste son absolutos como pudieran serlo los faraones o los césares. Se

ven obligados a evitar que sus gentes se mueran de hambre en cantidades

excesivas, y han de mantenerse al mismo nivel de baja técnica militar que sus rivales. Pero, una vez conseguido ese mínimo, pueden retorcer y deformar la

realidad dándole la forma que se les antoje.

Por tanto, la guerra de ahora, comparada con las antiguas, es una impostura.

Se podría comparar esto a las luchas entre ciertos rumiantes cuyos cuernos están

colocados de tal manera que no pueden herirse. Pero aunque es una impostura, no

deja de tener sentido. Sirve para consumir el sobrante de bienes y ayuda a

conservar la atmósfera mental imprescindible para una sociedad jerarquizado.

Como se ve, la guerra es ya sólo un asunto de política interna. En el pasado, los

grupos dirigentes de todos los países, aunque reconocieran sus propios intereses e

incluso los de sus enemigos y gritaran en lo posible la destructividad de la guerra,

en definitiva luchaban unos contra otros y el vencedor aplastaba al vencido. En

nuestros días no luchan unos contra otros, sino cada grupo dirigente contra sus

propios súbditos, y el objeto de la guerra no es conquistar territorio ni defenderlo,

sino mantener intacta la estructura de la sociedad. Por lo tanto, la palabra guerra se

ha hecho equívoca. Quizá sería acertado decir que la guerra, al hacerse continua,

ha dejado de existir. La presión que ejercía sobre los seres humanos entre la Edad

neolítica y principios del siglo XX ha desaparecido, siendo sustituida por algo

completamente distinto. El efecto sería muy parecido si los tres superestados, en

vez de pelear cada uno con los otros, llegaran al acuerdo —respetándole— de vivir

en paz perpetua sin traspasar cada uno las fronteras del otro. En ese caso, cada uno

de ellos seguiría siendo un mundo cerrado libre de la angustiosa influencia del

peligro externo. Una paz que fuera de verdad permanente sería lo mismo que una

guerra permanente. Éste es el sentido verdadero (aunque la mayoría de los

miembros del Partido lo entienden sólo de un modo superficial) de la consigna del

Partido: la guerra es la paz.

 

Test de totalitarismo Ago 1, 09

Archivado en: Pensamientos al aire — vreveron83 @ 7:12 pm
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El jueves, después de años y años, limpié el closet de mi cuarto y ahí conseguí uno de los pocos cuadernos que guardé de la universidad, el de opinión pública, cátedra, que por cómo la dio el profesor,  se ha debido llamar introducción al totalitarismo o algo así. En la primera clase y sin anestesia, Hugo Pérez nos dictó las características que conforman el tipo-ideal totalitario. Es decir, el totalitarismo en el mundo de las ideas, el arquetipo del totalitarismo, si cabe decirlo así.

Es difícil conseguir gobierno que esté libre de todas estas características, por muy democrático que sea, por lo general al menos un par se cumplen. Los invito a hacer sacar cuentas ¿Cuantos puntos de catorce se cumplen en Venezuela?  O hagan la prueba con cualquier otro país y saquen conclusiones.  Ahí va:

1)      Nacionalismo militarista

2)      Discurso radical socialista

3)      Liderazgo carismático

4)      Crítica a la democracia representativa liberal

5)      Anti-intelectualismo

6)      Enemigo objetivo (por lo general hay al menos uno interno y otro externo)

7)      Violencia como arma política

8)      Voluntarismo-activismo (también conocido como trabajo social obligatorio)

9)      Proyecto hegemónico (supremacía del estado)

10)   No hay un programa de gobierno sino un movimiento o proceso

11)   El movimiento o partido no representa una parte de la vida si no que pretende representar el todo.  El gobierno y el partido se funden

12)   Discurso de fin último,  que abarca un futuro a muy largo plazo  (siempre están empezando el proceso, que tomará mucho tiempo para llegar a su objetivo)

13)   Obsesión con teorías conspirativas

14)     Nostalgia por los estados fuertes de conciencia colectiva. El nosotros es más importante que el yo, se relaciona con los procesos rituales.

Dos bonus tracks que recuerdo de clases y que no están en está lista son:

15)   El cambio de medios por fines y de fines por medios. Ejemplo: el socialismo acabará con la pobreza, es decir el socialismo es el medio y el fin acabar con la pobreza, de pronto: no importa ser pobres, lo importante es mantener el socialismo, se volteó la tortilla.

16)   La reescritura de la historia, tanto la lejana como la muy cercana.

Esta lista es un resumen hiper- regurguitado sobre el tema. El libro de cabecera al respecto sigue siendo “Los Orígenes del Totalitarismo” de Hannah Arendt.  Otro de ficción pero que da cátedra es  “1984” de George Orwel.  También hay que ver Brazil de Terry Gilliam.

Les dejo el link a otro post, bastante largo, que es la recopilación de los fragmentos del manifiesto  “Teoría y práctica del colectivismo oligárquico” que logró leer Winston Smith, protagonista de 1984. Este manifiesto es algo así como el plan maquiavélico detrás del Gran Hermano, en donde se pueden ver características del totalitarismo libradas del discurso romántico con el que se le vende el paquete.

http://vreveron83.wordpress.com/2009/08/01/teoria-y-practica-del-colectivismo-oligarquico-por-emmanuel-goldstein/

Ah, claaaro, también está el tema de la libertad de expresión y la opinión pública.

 

Sin título Jul 17, 09

Archivado en: Uncategorized — vreveron83 @ 7:08 pm
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¿Por qué será que a pesar de estar consciente de que hay que actuar para que las cosas cambien y se muevan,  y saber que es casi seguro que no hacer nada siempre es peor  (al menos en retrospectiva) muchas veces  no hago nada?

Supongo que la respuesta es miedo, miedo al rechazo, a que las cosas salgan mal, a hacer el ridículo. Saber que es mejor hacer algo a un nivel consciente, digamos sólo ligado al pensamiento lógico, no parece ser suficiente para hacerme actuar.

Muchas veces da un mini impulso, que me permite llegar hasta la mitad del camino, pero si uno llega solo a la mitad, el que está al final, no se entera.  A veces espero que  el otro recorra la otra mitad para vernos justo en el medio.

Pero -y esta es una afirmación que necesito  sea  reafirmada – no importa que tan perceptivo y analítico se pueda ser, uno no sabe hacia dónde está caminando el otro y mucho menos que está pensando. La información que llega mediante la comunicación verbal y no verbal significa sólo lo que significa en primera lectura, lo que dicen significa sólo lo que dicen, no lleva implícito más nada.

Y puede que sí haya algo implícito, es incluso lo más probable, pero hay que creer que no, no hay que detenerse demasiado tiempo en eso, eso puede derivar en proyecciones neuróticas, absolutamente alejadas de la realidad, que alimentan el miedo citado anteriormente y terminan creando no-historias que pasan a sustituir las posibles historias.

Debería volver a ver Stranger than Fiction o algo así, creo que  vía cine la información sobre la importancia de la acción para el cambio  me llega a una capa más inconsciente,  me da más fuerza y tal vez termine haciendo algo.

 

Todo está en el ritmo Jun 22, 09

Archivado en: Pensamientos al aire — vreveron83 @ 12:30 am
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Cuando me enteré de que existía tal cosa como la proporción áurea*, me pregunté porqué no era esto de lo primero que a uno le enseñaban en la vida. Fue algo realmente revelador, interesante y hasta cierto punto tranquilizante.

Supongo que en está época de caos, en la que todo parece indicar que la teoría del caos  o la simple casualidad rige todo, enterarse de que hay un patrón natural detrás de todo, me hizo sentir menos perdida. Hay un orden, después de todo, o mejor dicho, antes de todo,  hay un orden.

Además, le dio sentido a muchas cosas, el arte y su disfrute viene de ahí, lo que resulta armónico y agradable viene de ahí. La vista, el oído y el tacto lo reconocen y seguramente el resto de los sentidos de alguna manera también lo hacen, no me extrañaría enterarme de que hay un patrón áureo detrás de los olores y sabores que disfrutamos. Apostaría que detrás del sabor chocolate hay un patrón comparable a una escultura griega medida a compás.

Y sobre todo está el ritmo, supongo que todo comienza con el del  bombeo del corazón y con el de la respiración, los ritmos vitales, que se acompasan a nuestros movimientos y sentimientos. Creo que en el ritmo está el disfrute primario de un buen cuadro, una buena película, una buena pieza musical, un buen beso y un buen sexo.

Y en la música está todo. Ahí como en ningún otro sitio siento ese orden (incluso en el desorden aparente) ese placer, ese disfrute, esa conexión con lo que es, es una experiencia en si misma.

Supongo que por eso, desde pequeña, quise ser músico, ya a los siete años algo en mi reconocía que ese era el lugar para vivir. Y que por eso, cada vez que decido renunciar a eso (ya no a ser músico, pero al menos a ser capaz de ejecutar algún instrumento) algo me retumba en la cabeza y me dice que tal vez ahora no, pero es algo que tiene que ser. Tocar, así sea en Rock Band, trae un disfrute del que no me quiero perder.

Esto también me hace entender porqué me molesta tanto la música que percibo como mala, la que para mí,  no es más que parte del ruido cotidiano y es  porque en lugar  de reencontrarme con el orden, acentúa esa sensación de desorden.

Por ahora seguiré escuchando música y pensando en posibilidades de acercarme más a ella por otras vías, tal vez aprender a cantar, comprarme Guitar Hero o leer más sobre teoría.

* http://es.wikipedia.org/wiki/N%C3%BAmero_%C3%A1ureo

 

Tragicomedia Jun 9, 09

Archivado en: Pensamientos al aire — vreveron83 @ 12:00 am
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Ayer le dije a mi hermana que cuando uno nace llorón, no importa la edad.  Se lo decía en respuesta a un comentario sobre mi prima/media hermana genética, pero apenas terminé de decirlo, se hizo evidente que me refería más a mí que a ella.

Y es que 26 años después de la nalgada inicial, sigo siendo una llorona, lloro ante cualquier estímulo negativo, ante cualquier suceso o noticia que me haga sentir lo suficientemente mal.

Sé que eso es visto como una señal de debilidad, pero yo no lo veo así, para mí es tan natural como reírme cuando algo me da risa. Tal vez no lo vea así porque una cosa es aceptar que soy llorona, y otra más complicada sería aceptar que soy débil.

Ante el comentario sobre mi lloroneteria, mi hermana no pudo evitar sacar a colación que el jueves, cuando me vio salir del baño, en toalla, medio mojada tanto por el agua de la ducha  como por las lágrimas de mis ojos,  no pudo aguantar la risa ¿Y cómo reprochárselo?   Era una imagen realmente ridícula.  Me vio llorar frente a la computadora, elipsis, me vio salir del baño todavía llorando.

Lo que pasa, es que muchas veces, cuando lloro, sigo haciendo las tareas del día; trabajar, manejar, comer, bañarme, etc. -Que llore y que me sienta mal no quiere decir que voy a detener mi vida- me digo. Eso mismo que hace que mis lloradas sean más ridículas, es lo que me hace sentir menos débil.

Pensando en este tema, caí en cuenta de que casi el 100% de las veces en las que he llorado en frente de alguien, mientras le cuento porqué lloro, también me río. No solo soy una llorona crónica, sino que también, soy una llorona-risona crónica, todos los que me han visto llorar, que por cierto son muchos, pueden corroborarlo si buscan entre sus recuerdos.

Verme llorar, es ver una tragicomedia en pleno. Creo que me río porque de alguna manera estoy consciente lo ridículo que es llorar por tantas cosas tan poco importantes, tan efímeras e  irrelevantes.

“All we ever see of stars are their old photographs.” Watchmen. Dr. Manhattan. Alan Moore.

 

Miss Celofán May 30, 09

Archivado en: Pensamientos al aire — vreveron83 @ 3:20 pm
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Ayer me topé con un espejo de aquella gente y aquel tiempo. No es una sorpresa que nada haya cambiado, fue una simple reafirmación de lo que sé. Sigo siendo una sombra o siendo de celofán. (I tell you cellophane/ Mr. Cellophane/ should have been my name/ Mr. Cellophane/ ‘cos you can walk right through me/ pass right by me/ and never know I’m there)

Sigue siendo triste, eso es innegable, pero a estas alturas y a pocos meses de la partida no hay nada que quiera hacer. Sólo es importante verlo de frente, una vez más, que no se me olvide, que sirva de impulso para no repetirme.

Después de todo el tiempo que ha pasado, me toca exponerme, estar otra vez en esa posición, ser la primera hija, la primera nieta y la primera sobrina. Salir en televisión nacional durante años, repetir esa frase con una tristeza tal vez imperceptible. Puede que me griten al pasar o puede que llegue a tener demasiados ojos encima, pero es hora de cambiar.

 

Step One May 22, 09

Archivado en: Uncategorized — vreveron83 @ 10:44 pm

Al  menos hoy entendí  la sensación de que estoy en cero,  tantos años y me voy en cero. No es que nunca tuve nada, es que lo que alguna vez tuve ya no está en mi mismo espacio-tiempo  y lo poco que queda también se irá. De algo sirve quedarse en casa, al menos ahora entiendo una de las cosas que tengo que aclarar antes de irme.

Así  ya no me siento tan desolada y me veo menos injusta con lo que fue y lo que hay.  Todo se va, por suerte en ese todo me incluyo, estos meses van a seguir siendo fastidiosos y el stand by seguirá, pero con este entendimiento puedo aprovechar para no enrollarme más de lo necesario y hacer cosas que no he hecho por enrollada.

Qué cosas son esas no sé bien, pero capaz y en el tiempito que queda algo sale, algo logro cambiar de lo que quiero cambiar allá (donde quiera que sea ese allá) una especie de práctica sin presión o mejor dicho con menos, vamos a ver. Pero aquí es más difícil, aquí ya tienen una percepción y es más difícil despojarme de ella si los demás ya la esperan.

En fin, al menos ya voy entendiendo lo que me molesta, poco a poco van saliendo las cosas. Paso 1 en desarrollo.

 

El tiempo de dios y la ley de Murphy May 13, 09

Archivado en: Uncategorized — vreveron83 @ 6:18 pm

Últimamente he escuchado y leído mucho ese dicho de que el tiempo de dios es perfecto,  tomando como  premisa que dios existe, hay algo que no me cuadra mucho con este dicho, y comienzo a escribir sin saber bien qué es lo que no me cuadra.

Es decir, cuando pasa algo bueno y uno tiene tiempo esperando que eso pase,   dice “el tiempo de dios es perfecto”, y así uno no se queja porque se haya tardado tanto la cosa.  Entonces, dentro de esta línea argumentativa asumimos que además de que existe, él tiene injerencia sobre nuestras vidas y tal vez por ende que nosotros tenemos menos.

Mientras uno está maldiciendo porque ese algo no pasa, uno le pide que pase, y pasa el tiempo y no pasa. Pero uno dice, bueno, eso es que todavía no me toca. Lo cual quiere decir que también estamos asumiendo que él quiere lo mejor para nosotros, y por eso las cosas pasan en el momento que él dice y no antes.

Por otro lado y en las cosas pequeñas, como por ejemplo que se acaba la tinta justo el día de la entrega del trabajo,  o cuando cada vez que te cambias de canal en la autopista ese se pone más lento, no decimos “es que no me toca llegar antes, dios sabe por qué el canal va más lento”* decimos,  “pana ley de Murphy”.

Entonces me pregunto ¿La suma de todas esas pequeñas cosas no son nuestra vida y sus consecuencias las que conforman nuestro destino? ¿De dónde vienen esas leyes que descubrió Murphy? ¿Está dios detrás de la ley de Murphy? ¿Por qué no tenemos la misma paciencia con esas leyes y sí con los supuestos designios de dios? ¿Será que dios está ocupado en cosas más importantes  y le dejo a un tal Murphy el trabajo de ocuparse de lo pequeño? ¿Será que lo pequeño en verdad no importa y lo que importa es que dios te de las cosas en su tiempo perfecto? ¿O será que Murphy es el alter ego juguetón de dios?

No sé, no me gusta para nada eso de que tocó porque dios y su tiempo perfecto así te lo entregan y adiós con la teoría del efecto mariposa, adiós con la suma de las pequeñas cosas que uno hace  para que su destino se vaya formando.

Termino de escribir estando casi segura de que hay un pelón argumental que se me pasa por alto y todavía con confusión,  pero escribiendo se va viendo.

*A menos que gracias a eso no lleguemos al sitio justo el día que ahí explota una bomba y nos salvemos, en ese caso,  a posteriori decimos que fue gracias a dios que siempre ibas en el canal más lento.

 

Azul y verde Abr 19, 09

Archivado en: Pensamientos al aire — vreveron83 @ 12:41 am
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Allí todos eran verdes, ella era azul, lo cual la hacía diferente y para muchos más bonita. Esto mismo le pasaba a una verde que vivía con puros azules, pero esa ya es otra historia. Ese día tenían que escoger a la representante de cada nivel, la más bonita de cada nivel. Ella estaba en el tercero, y todos los del tercero votaron por ella, todos menos ese verde. Para todos los verdes, todos los verdes eran iguales, pero para ella, ese verde era especial, sería difícil a estas alturas recordar por qué, pero así era.

Llegó la hora del baile y las verdes de los otros niveles bailaban felices, pero ella no quería bailar. Todos pensaron que era por pena, ella siempre parecía muy penosa, y algo de eso había, pero en verdad estaba triste, sólo hubiera querido bailar con ese verde, pero él era el único que no quería bailar con ella. Como representante de su nivel, pudo haberlo pedido, le ofrecieron bailar con muchos, pero no con ese verde.

De haberlo pedido al comité, lo hubieran obligado, pero ella no era de las que les gustaba obligar. Así que se sentó allí, con su tristeza, mientras todos los verdes celebraban. Desde entonces, se ha sentado con su tristeza mientras los verdes bailan.